Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Juan José Sobrado

La solución soy yo

Fecha
12 de enero de 2001
Publicado en
La Nación
Lectura
4 min

Ante las pérdidas del seleccionado brasileño, en el que no se pudo alinear por estar lesionado, Romário dijo: "La solución soy yo". Lo mismo dicen quienes aquí pretenden ser presidentes, aunque, a diferencia de Romário, la mayoría funda la oferta en su propia propaganda, sin haber demostrado antes con hechos su capacidad para el cargo.

Sin embargo, la conducción de un país, aunque a veces se haga con los pies, demanda bastante más que para ser centro delantero. Requiere conocimiento e ideas, realismo y habilidad para interpretar las circunstancias y encontrar las soluciones, confianza e integridad para recibir apoyo, capacidad para formar y dirigir un equipo idóneo y generar liderazgo en torno a un proyecto compartido de país y, finalmente, para formar acuerdos políticos eficaces que lo instrumenten.

Sueños de poder. Es difícil que tantas cualidades las tenga una sola persona en el grado necesario. Por eso el presidente debe ser el intérprete de su generación y el líder de un grupo amplio de gobierno. Debe tejer el juego y saber hacer pases, no creerse el dueño de la bola, juguete de sus sueños de poder. Como grupo, bajo la batuta del presidente –que debe tener la sabia humildad para reconocerlo– se pueden reunir dichas cualidades y prevenir los errores porque, si bien una persona sola puede fácilmente equivocarse –y arrastrar en su error al país entero–, varios o muchos, no.

El presidente, a diferencia del centro delantero, tiene que formar el equipo, ya que también es el director técnico. Es vital que acierte porque sobrepasa la capacidad del más genial de los individuos, la posibilidad de hacerlo todo. Ningún presidente, por bueno que sea, puede dirigir un país a base de secretarios. Al igual que en un ejército: no basta un buen general, es necesario un buen estado mayor, excelentes oficiales y buenos soldados. Ausente cualquiera de estos elementos, el ejército falla y pierde las batallas.

Pero, todo esto, aunque vital, es solo el instrumento En una actividad política, el cómo y el para qué, es aún más importante. El grupo dirigente debe interpretar con realismo lo mejor de su tiempo y de su generación, y proponer las grandes soluciones. A grandes males, grandes remedios.

Jarana a la cara. Pero el ejército es una máquina que vence por la fuerza, en cambio el gobierno es una actividad política basada en el apoyo, por lo que debe convencer. Incluso en las dictaduras debe hacerlo, porque es imposible imponer grandes reformas, o sostenerse exclusivamente por la fuerza. De ahí que el convencimiento a los ciudadanos sea vital. Convencimiento, no engaño con propaganda, porque la jarana siempre sale a la cara.

En las presentes circunstancias, de honda crisis estructural del Estado y la sociedad, de falla general de los sistemas, de colapso de los servicios y de la infraestructura, de parálisis política y de ausencia de metas compartidas que generen confianza y seguridad, no estamos para que se proponga un simple relevo como capitán del barco que se hunde. Ante tan grave crisis se quiere reflotar la nave y ponerla a navegar hacia los destinos escogidos. Por eso, la ingobernabilidad y el abstencionismo crecientes, que son efectos y no causas, solo expresan la rebelión ante el naufragio que no se evita.

La gran política. Es el momento para la gran política y no para "hacer política", que en los momentos de crisis es vista con repugnancia por el pueblo porque se le despierta el instinto de conservación, que le hace desear los cambios que todos sienten como necesarios. Pero hacerlo, y aportar el vital elemento psicológico, no está al alcance de la clase política regular, burocratizada y explotadora.

Desde su cargo, y ejerciendo una autoridad que proviene más de lo que dice y hace, que de la formal del cargo, al presidente le corresponde generar y dirigir ese gran movimiento de cambio que las circunstancias deplorables del país demandan. Esto empieza mucho antes de llegar al cargo, porque debe antes demostrarlo y estar preparado para empezar de inmediato.

Los señores candidatos deben decirnos antes cuál solución tienen, cómo piensan instrumentarla y con quién. No con paja de "programas de gobierno", de esa que don Pepe Figueres decía que para elaborarla basta un buen pichel de café, sino con análisis convincentes que revelen conocimiento y capacidad de ejecución. Y todo ello avalado por los hechos de su vida, y no por montajes de propaganda. No nos vengan con que son el Chapulín Colorado, que ni los chiquitos lo van a creer.

Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2001-01-12.