¿Ingobernable la democracia?
- Fecha
- 18 de enero de 2001
- Publicado en
- La Nación
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Porque los más exitosos países del mundo son exitosos precisamente por ella y porque, por supuesto, se gobiernan, la democracia es gobernable. También lo fue a lo largo de nuestra historia, en la que, con más luces que sombras, sacamos adelante un país, que hasta no hace mucho fue ejemplo latinoamericano. No, la democracia es gobernable y, en todo caso, es el único sistema de gobierno que vale la pena que sea gobernable, porque cualquier otro gobernable o no es mil veces peor, por lo que bien decía Winston Churchill que la democracia es el peor sistema de gobierno, con excepción de todos los demás.
Por eso, si ahora existe un problema serio de gobierno en Costa Rica, no es porque la democracia sea ingobernable, sino porque la democracia se ha convertido en demagogia y de ahí que no se pueda gobernar. Si antes nos gobernábamos con suficiente racionalidad y eficiencia, y ahora no, es porque algo sustancial cambió, y ese algo es el relevo sustancial de valores y de metas en el sistema de gobierno que caracteriza el tránsito de la democracia a la demagogia. No es un calificativo agregado en la constitución a la forma de gobierno republicana. Porque "república" en los tiempos modernos no en los de Platón es sinónimo de democracia. El gobierno de los mejores y de la virtud, y con ello de la razón y del interés público que sigue siendo válido y necesario ha de tener ahora una base democrática, no oligárquica. A diferencia de los tiempos de Platón, la sociedad no es una primitiva organización agraria, en que solo unos pocos podían educarse, por lo que los mejores pueden, y deben, salir de todos los estratos de la sociedad.
Demagogia. Con su habitual sagacidad, don Guillermo Malavassi señaló (Página 15 del 5 de enero) que la república costarricense es ingobernable porque se hizo democrática, aunque se refiere a dicha forma degenerada que la teoría política señala, la demagogia. Esta es una observación fundamental para entender la crisis sustancial que atravesamos, cuya causa fundamental es de orden político. Porque, si bien inciden otros factores en la presente crisis, que es muy profunda y abarca todo el sistema, la forma de enfrentarlos como sociedad es perjudicada sustancialmente por nuestra situación política.
Pese a que Ortega y Gasset dice que cuando estamos en crisis sabemos que algo nos pasa, aunque no sabemos qué y aunque no pretendo entenderla enteramente, y ni aun a medias, porque el asunto se intuye más que se racionaliza es evidente que su epicentro está en el sistema político que, paralizado desde hace mucho, no hace frente a los cambios y problemas en el resto de los sistemas, que surgen y que quedan sin atención, acumulando un déficit cada vez peor, que nos aplasta más que la deuda pública, que es su expresión financiera, por lo que, en vez de ser el necesario instrumento de manejo de la sociedad, el sistema político se ha convertido en un problema por sí mismo.
Rumbo caprichoso. Paralizado porque, convertido en demagogia la forma degenerada de la democracia el rumbo, caprichoso e informe, lo impone la multitud que no enfrenta los problemas, sino que saca provecho de ellos, según los intereses del momento. El vicio sustituye a la virtud; la apariencia, a la verdad; el interés personal, al público; la forma, al contenido; la igualación, a la igualdad; el libertinaje, a la autoridad y la libertad; el gusto desordenado, a la disciplina. Como bien lo dijo don Guillermo: "surgen la indisciplina, el desenfreno y la impunidad. La insolencia será tenida por buena educación; la indisciplina, por libertad; el desenfreno, por grandeza de ánimo... La libertad se convierte en libertinaje. Nadie respeta a los gobernantes porque estos no complacen todos los deseos desordenados de los ciudadanos. Los padres temen contrariar a los hijos, y estos no respetan a los padres. El maestro teme a los discípulos y los adula; los alumnos menosprecian a sus maestros".
Pero la naturaleza social también aborrece el vacío, y el orden y la autoridad necesarios aunque sean perversos terminan por ser impuestos, y surge la tiranía y el imperio de la fuerza, de uno o de muchos, formal o informal. Este último, mezclado, es el caso de Colombia: la fragmentación perversa del orden y la autoridad. ¿Queremos esto? ¿Hacia dónde vamos si no lo evitamos? Este, y la gran crisis por la que pasamos, debiera ser el tema principal de esta página y del país, y no las discusiones estupefacientes en que nos ahogamos.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2001-01-18.