¿Ingobernabilidad?
- Fecha
- 23 de julio de 2002
- Publicado en
- La Nación
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¿Ha existido ingobernabilidad o hemos visto reacciones ante engaños, imposiciones o situaciones que se percibían como tales?
La desconfianza generalizada, a partir de casos aplastantes de ineficacia y corrupción, que alimenta la llamada "ingobernabilidad", sería entonces lógica consecuencia de estos, no el colapso de la posibilidad de gobierno. Por eso, en vez de la disciplina de partido, que en importante tesis plantea don Kevin Casas, habría que atender primero las causas de esta situación y dejar las recetas parlamentarias para sus efectos. Recetas que, en todo caso, en mi opinión, han de procurar la responsabilidad personal del representante y su control por los electores, no por los jefes del partido.
Porque Fujimori y Chávez no se produjeron por un problema de técnicas parlamentarias, sino por la corrupción rampante de los partidos y gobiernos. El mismo proceso se advierte ahora en Costa Rica, y la desconfianza resultante la reflejan las encuestas.
Hechos transparentes. De modo que la gobernabilidad empieza por la transparencia, no de palabra, sino de los hechos, que son los que convencen, para luego entrar de manera convincente a los grandes problemas del gobierno. Y después de producir así un proyecto de gobierno que pueda ser compartido, o al menos aceptado, aunque sea a regañadientes, por la gran mayoría, se generará confianza: el pavimento indispensable para la gobernabilidad.
Este es el único camino para la gobernabilidad. No el de la disciplina de partido, que más bien es instrumento de las ocurrencias y la arbitrariedad de quienes los controlan. No olvidemos que, precisamente, la disciplina de partido fue el gran instrumento para el descomunal engaño del "combo" del ICE, contra el que tuvo que rebelarse la opinión pública.
Tampoco es obstáculo para la gobernabilidad, como se dice, sino una necesidad para que exista, que los grupos de interés se manifiesten porque del equilibrio de todos ellos surge el verdadero interés público. Por ausencia de tal equilibrio, o de algunos grupos, o por falta de canales apropiados para que se manifiesten, surgen los motines, que están muy mal, aunque no peor que los motivos que los originan.
En las sociedades modernas de masas, dominadas por la imagen, la apariencia y las técnicas modernas de manipulación y de fabricación de opiniones, los partidos en quienes don Kevin deposita toda su confianza fallan, y son universales su crisis e insuficiencia como instrumento de gobierno. Como recuerda el profesor Andrés de Francisco, en artículo reciente en El País , desde Robert Mitchels y Max Weber se sabe que "la relación patrón-cliente dominante en estas organizaciones aupa a los mediocres y serviles, y discrimina y margina a los que tienen juicio propio, que alimenta la peor de las ambiciones, la del poder por el poder".
Elegir a los capaces. ¿Dónde puede estar, entonces, la solución? Creo que en dos elementos: 1) en la superación del poder de la imagen y la apariencia, de la pérdida de la atención por la fragmentación de los intereses, y de la información por el inevitable especialismo, mediante el debate y el examen públicos vigorosos y a fondo de los temas del gobierno, en lo que la prensa tiene un gran aporte que dar a una masa ávida de participación, según indican las encuestas; 2) en el retorno a la idea tradicional de las asambleas como instrumentos de gobierno, de equilibrio y de control, porque uno o unos se pueden equivocar o corromper, pero no todos o muchos al mismo tiempo ni tampoco en forma pública; eso requiere elegir a quienes tengan capacidad para instrumentar la democracia, la que solo se ejerce mediante muchos capaces; por ello el populismo a ultranza es antidemocrático ya que lleva a la anulación por incapacidad del gran instrumento democrático que es el parlamento.
Y, en el juego de poderes republicano, a las asambleas capaces hay que convencerlas, no vencerlas, mediante la disciplina de partido. Y, a la vez, a los asambleístas deben controlarlos sus electores, haciéndoles llegar su voluntad mediante mensajes y votos. Por aquí deben empezar los cambios.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2002-07-23.