Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Juan José Sobrado

De Casas y (des)Chávez

Fecha
2 de julio de 2002
Publicado en
La Nación
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Con ingenio inversamente proporcional al error ("De conventos y prostíbulos"), don Kevin Casas planteó en estas columnas la necesidad de la disciplina férrea de partido, como condición indispensable para la gobernabilidad. Don Rolando Guzmán y otros lo siguieron. Demandan también esa misma disciplina que le permita al jefe de gobierno, mediante la obediencia de su mayoría de diputados, articular una política coherente.

Tales recomendaciones, si las leyera, alegrarían indudablemente el corazón de Hugo Chávez porque son la teoría perfecta, supuestamente democrática, para sus prácticas. Lenin y su partido monolítico, en torno a las decisiones del comité central, también se hubiera regocijado. Porque la voluntad en la democracia, no nace de un representante iluminado, especie de monarca electo, como pretenden que sea el presidente, ni de un comité igualmente dictatorial sino de todo un sistema que expresa la voluntad representada de la mayoría, mediante un sistema de pesos y contrapesos. Pero eso se logra de una manera diferente, en estructura, dinámica y función, en el sistema presidencialista de gobierno, en contraposición con el parlamentario. Por eso no se pueden meter en la misma olla.

Visión patológica. Ponen a un lado tales comentaristas que, en un régimen presidencialista como el nuestro, al jefe del Gobierno, a diferencia de lo que ocurre en el sistema parlamentario, no le corresponde imponer aquella disciplina –salvo en la visión patológica de Hugo Chávez– y que la gobernabilidad y el equilibrio de poderes en este tipo de régimen se alcanzan de una manera diferente. Sus recomendaciones, por tanto, solo son válidas para un régimen parlamentario, en que el Gobierno es solo un comité del parlamento y en que el jefe del Gobierno, presidente de ese comité, director de la orquesta, jefe de la mayoría parlamentaria y jefe del partido triunfador, que a la vez está en el parlamento, porque en ese sistema el partido va al parlamento, encuentra equilibrados sus poderes disciplinarios por la posibilidad de que el grueso de la cámara censure sus actuaciones y lo haga caer. Partido, parlamento y Gobierno son lo mismo y están en las mismas manos, aunque sean funciones diferentes de una misma voluntad popular representada que se equilibra.

A diferencia del sistema presidencialista, en que el partido queda fuera y el presidente y los diputados son independientes, en los regímenes parlamentarios, los diferendos entre la cámara y el jefe de gobierno, cuyos poderes férreos son consecuencia del acuerdo del partido, son solucionados directamente por el electorado mediante votaciones: el jefe de gobierno puede clausurar el parlamento y convocar a nuevas elecciones, o aquel hacer caer al gobierno mediante un voto de censura, que en muchas ocasiones implica también lo mismo. La esencia de todo régimen republicano y democrático –parlamentario o presidencialista–, y que lo diferencia de las variadas formas de dictadura, es la posibilidad de control del poder, y el sustento y control final efectivo por el pueblo, mediante las votaciones.

Dictadura electiva. Pero, estos mecanismos de control en el régimen parlamentario son parte del sistema, y su existencia es lo que explica que pueda darse una disciplina férrea de partido sin caer en la dictadura porque es puramente operativa y no significa un poder absoluto o no sujeto a control. Mas, injertado eso mismo en un régimen presidencialista, que obedece a otros principios sistémicos, y en el que el balance y los controles son diferentes, la sujeción de los diputados a la voluntad disciplinante del presidente conduce a la dictadura y destruye la república democrática en su puro centro. Como en la dictadura electiva de don Hugo Chávez.

En el régimen presidencialista, cuyo mejor ejemplo es su modelo, el sistema norteamericano del que se copió, los diputados responden directamente a sus electores y no al partido, por lo que están atentos a lo que aquellos piensen. El presidente debe convencerlos, y los diputados controlar al presidente, mediante mecanismos diferentes. De ahí que los diputados deban ser independientes y de calidad, porque sin calidad no hay verdadera representatividad. Paradoja que no entienden los populistas.

De modo que lo propuesto es la mejor fórmula para un "deschave".

Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2002-07-02.