Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Juan José Sobrado

Dos políticas, dos resultados

Fecha
7 de febrero de 2004
Publicado en
La Nación
Lectura
5 min

Comparar los resultados de la política nacional en salud con la de educación hace ver con claridad que los desastrosos resultados educativos, que se contraponen a los excelentes en salud, nacen de su concepción y dirección, no de terceros factores o de insuficiencias materiales o económicas, según pretenden los responsables de la falla para excusar su conducta.

En el mismo país, con las mismas condiciones, recursos y gente, la primera arroja resultados que nos llenan de orgullo, y la segunda, de vergüenza. Aquella con índices de mortalidad infantil, vida probable y cobertura de salud propios de países desarrollados, en la punta de Latinoamérica; esta con índices de deserción escolar y de resultados concretos del sistema en la cola de la región, que está entre los rezagados del mundo.

Para vergüenza nuestra, Costa Rica aparece en los últimos lugares de Latinoamérica (estadísticas de CEPAL) en tasas de deserción escolar al finalizar la primaria, tanto en zona rural como urbana, lo que no guarda relación con los índices de desarrollo económico y social. Las causas de esta desproporción habría que buscarlas en el sistema escolar, y una, entre otras, parece ser la deficiente enseñanza de lectura y escritura en los primeros años. Investigaciones recientes de la Universidad de Harvard señalan las deficiencias en leer y escribir como causa importante de la deserción escolar en general; trabajos específicos en Latinoamérica indican lo mismo. También son factor significativo en la repitiencia.

En igual sentido, es sumamente significativo que en un estudio comparativo del lenguaje de alumnos de cuarto grado en Latinoamérica (Unesco, l998), el grupo local que realizó el estudio no reveló los datos correspondientes a Costa Rica.

Cajonera explicación. Según la CEPAL, en cuanto a deserción escolar de jóvenes de l5 a 19 años, Costa Rica ocupa el puesto 11 sobre 16 en la región, algo anormal por las razones indicadas. Porque, si tomamos en cuenta la sustancialmente mejor posición en índices de pobreza, la cajonera explicación de la privación económica no vale. Según indican los mismos interesados en algunas encuestas, la desmotivación y desinterés que despiertan los estudios es factor de peso y es atribuible directamente a estos y no a los estudiantes.

Por eso, como al principio, cabe preguntar: ¿por qué Costa Rica muestra resultados tan buenos en atención de la salud y tan malos en la calidad de la educación, según estos y otros índices? El mismo país, la misma gente, los mismos recursos..., la diferencia solo puede estar en la conducción técnica y política. Y en esa dirección, múltiples datos acusan como principal responsable en lo técnico al denominado “pedagogismo”: la tendencia que dirige y configura la educación pública, controla los estudios pedagógicos en las universidades –especialmente en la de Costa Rica– y caracteriza el pensamiento de los intereses establecidos en educación. Y en lo político, a quienes han depositado su confianza en la concepción pedagogista de la educación, en particular después de que los malos resultados demostraron su error.

Dicha tendencia se equivoca sustancialmente, no en los objetivos –que son correctos–, sino en cómo lograrlos, en la vía o método para alcanzarlos y en la concepción del educando. Porque estamos ante un caso en el que las intenciones son buenas, pero el procedimiento para alcanzarlas es completamente equivocado, y en el que, dada la importancia de los valores en juego, aquellas no absuelven de los malos resultados, en especial si, como ha ocurrido, el pedagogismo se ha negado sistemáticamente a reconocerlos y a rectificar.

Un “pobrecito”. En general, el pedagogismo pretende alcanzar los objetivos de la “escuela nueva “ o “escuela activa”, de formar ciudadanos críticos y libres, bien informados de su medio, que hayan aprendido a construir activamente su conocimiento. Pero lo pretende demeritando a la instrucción y al educando, a quien concibe como un “pobrecito”, incapaz de esfuerzo y de responsabilidad, por lo que hay que permitirle el facilismo y la indisciplina.

Es una vieja discusión que empezó aquí a principios del siglo XX, y que el Código de Educación de l944 –que es, junto con la creación de la Universidad de Costa Rica, el otro gran pilar de la importante obra educativa del doctor Calderón Guardia y su ministro de educación, licenciado Luis Demetrio Tinoco– incorporó en su artículo 4.° como principio formativo de la educación. Pero, correctamente, como un proceso a partir de la instrucción, y no destruyéndola, según hace el pedagogismo, y a partir de una concepción correcta del educando, no como “pobrecito”, sino como ser humano titular de derechos y responsable de obligaciones.

El Código del 44 es una obra muy bien lograda, en que la instrucción seria se combina adecuadamente con la formación y con la responsabilidad individual. A quienes estudiamos durante su vigencia nos consta. Pero una política equivocada de Liberación Nacional a principios de los años 70 llevó a sustituir el sistema por el pedagogismo. Eso condujo al declive de la calidad y a los malos resultados, pese a la mayor inversión pública porcentual en educación de la historia del país.

Inexplicable ataque. Después de que muchas evidencias demostraron los errores del pedagogismo, el propio PLN rectificó esa política en el gobierno de Óscar Arias, bajo la dirección del ministro Francisco Antonio Pacheco. Mas, paradójicamente, en el siguiente gobierno del PUSC, heredero del Código del 44, malos consejeros hicieron que el vástago físico del Dr. Calderón atacase la obra educativa de su padre; inexplicablemente su gobierno anuló la rectificación y dio marcha atrás de nuevo hacia el pedagogismo.

Ante tan categórica como inexplicable abjuración, y el refuerzo que eso significó para el absurdo del pedagogismo, los posteriores gobiernos de ambos partidos han temblado como conejos ante el mito de “los gremios” y no se han atrevido a corregir el problema. Me refiero a creer que los educadores de la base respaldan el pedagogismo, cuando lo cierto es que son sus principales víctimas, y lo detestan, ya que pretende dirigirlos en todo y no les permite ejercer su dignidad profesional, además de que los perjudica en su formación y en sus ingresos. Quienes alimentan el mito son solo algunos dirigentes que sacan provecho para otros propósitos.

De modo que los educadores deben ser los principales aliados en esta lucha que se impone para salvar el principal recurso de Costa Rica: la preparación de su gente. Para ese efecto, ya es hora de exigir a los partidos, grupos o personas causantes del daño su responsabilidad política.

Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2004-02-07.