Asesinato de Don Quijote
- Fecha
- 1 de agosto de 2001
- Publicado en
- La Nación
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Además de su muerte, no sé qué es peor en el horrible asesinato de Parmenio Medina: lo que significa como retorno a la ley del más fuerte, del más malo, del más mentiroso y la consecuente abolición del imperio de la ley o la aparente irreversibilidad del proceso de descomposición contra el que Parmenio luchó denonadamente durante casi 30 años, sin poder pararlo, y cuya marcha avasalladora lo mató.
La civilización desaparece y retorna el salvajismo si la fuerza privada vuelve a ser el instrumento del poder en este caso de intereses criminales, según evidencian las declaraciones del propio Parmenio sobre las amenazas que recibía. Si eso ocurre, desaparece la ley como norma a que todos debemos sujetarnos y se vuelve al estado que Hobbes llamaba de "naturaleza", en que "el hombre es el lobo del hombre". Garras, fuerza, sangre y muerte, solo vale la ley del más fuerte. Esta es la dimensión detrás de la puerta que abre este horroroso hecho, tanto más grave cuanto que es evidente el menosprecio y desdén por el Estado, como si no se le tuviera el menor respeto.
Serias advertencias. Pero, grave y horrible por sí, no es un hecho aislado, sino resultado de un clima de formación gradual, que lo ha permitido y fomentado, que es lo peor. El sicariato y otras manifestaciones brutales o no brutales, pero efectivas, del imperio de la fuerza, aparecen como resultado de un proceso de descomposición en una sociedad anteriormente regida por la ley. Así lo recordó el Fiscal General de Colombia en una reunión aquí con sus colegas del área, al observar analogías entre el proceso en su patria y lo que veía en Costa Rica. "Esto se parece a la Colombia de hace 20 años", y "paren esto, ahora que pueden, porque después ya no se puede", fueron sus muy serias advertencias.
Porque primero se deterioran los valores sociales en que se fundamenta el respeto a la ley y después, o paralelamente, el aparato estatal que la hace valer. El mercantilismo desaforado pone el dinero como la medida social de todas las cosas, de manera que los valores están en función de esto y desaparecen o no valen si se le oponen. La prostitución infantil, la violencia y la pornografía dirigida a menores como instrumentos para hacer dinero en el negocio de los espectáculos, o el fomento de la disolución familiar como parte de esos mismos negocios, todo es parte de lo mismo. Unos matan el cuerpo y otros, el alma. El tener que suplanta al ser y que justifica todos los actos y todas las transgresiones en tanto sirvan para hacer dinero, y que, con ayuda externa o sin ella, trata de instalarse en todos nosotros, como parte de un proceso muy fuerte y muy visible en las últimas décadas, es parte importante y está en los orígenes del citado proceso general de descomposición social y política.
Batalla de salvación colectiva. A la marcha creciente de este proceso, se opuso a su manera Parmenio, cual Quijote aislado, que por clamar en el desierto de las voluntades, del egoísmo y la incomprensión, no pudo lograrlo; al final, aquel monstruo en desarrollo lo mató. Entender esto y reaccionar masivamente en consecuencia es indispensable para que el sacrificio heroico de Parmenio no sea en vano, y muerto gane la batalla de la salvación colectiva que no pudo ganar en vida. Dado que se juega la supervivencia del sistema, el asunto debe preocupar y mover a todos, hasta los más egoístas, porque estamos todos en el mismo barco que se hunde.
Solo mediante una reacción general del cuerpo social se podría parar ese proceso dañoso. Porque todos tenemos nuestro lote de responsabilidad en su causalidad y debemos generar cambios de fondo. El ser debe estar por encima del tener y los principios por encima de la marea de mercantilismo que una globalización mal entendida nos pretende imponer. La ley debe ser de nuevo expresión de equilibrio y justicia, por lo que de sus templos deben ser expulsados quienes no la merecen o la irrespetan. Y la verdad, y no la apariencia o la propaganda, tras las que se esconde la mentira y la manipulación, debe presidir el gobierno y el examen de todas las cuestiones colectivas, para lo que se requieren muchos más espacios y claridad. La información al público es vital ya que solo así se podrán generar las fuerzas políticas necesarias para modificar un proceso tan generalizado.
¿Entenderemos que esto no es alarmismo ni exageración, como muchos espejos en la región nos lo advierten, y que se juega nuestra supervivencia? Mejor que sea así porque las campanas del funeral de Parmenio doblan, en realidad, por todos.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2001-08-01.