¿Se podrá reducir la pobreza?
- Fecha
- 29 de enero de 2003
- Publicado en
- La Nación
- Lectura
- 4 min
El documento que define las líneas del plan social del Gobierno “Vida Nueva: Superación de la pobreza y desarrollo de las capacidades humanas” perfila un diagnóstico de la pobreza bastante innovador y acertado. Acorde con este diagnóstico, se definen los principios orientadores, los objetivos y se enumeran las acciones estratégicas. Sin embargo, no se logra establecer una relación operativa entre estos principios y objetivos con los programas y proyectos con que se pretenden alcanzar los objetivos.
En particular no logra explicitar cómo se va a alcanzar la reducción de la pobreza, de un 4 por ciento, propuesta por el Gobierno. No basta enunciar los principios orientadores, es preciso afinar la puntería, destacando los sectores sociales donde se van a concentrar los esfuerzos para reducir la pobreza, así como la forma en que se van a adecuar los recursos y los medios a las necesidades. No puede tampoco dejarse de lado el problema de la actual forma de distribución de recursos de Fodesaf, determinada en un 80 por ciento por leyes, no por las exigencias de la población pobre, lo que, definitivamente, deja muy poco margen de maniobra al Ejecutivo.
Dos focos de pobreza. En cuanto a lo primero, existen al menos dos focos de pobreza importantes que pueden y deben ser atendidos, reorganizando los recursos, si se quiere alcanzar esta meta: a) los ancianos mayores de 65 años y los incapacitados que no están cubiertos por el sistema de seguridad social y que sin asistencia adecuada permanente seguirán en la pobreza; b) la población de bajo nivel educativo en edad laboral, que, por su edad (mayor de 30 años) y condiciones familiares difíciles (dentro de las que se encuentra un contingente importante de mujeres jefas de hogar), no puede ser incorporada fácilmente al sistema educativo formal, por lo que se encuentra en un proceso de exclusión social.
Los ancianos en condiciones de pobreza constituyen un contingente importante dentro de quienes viven en la miseria, y su porcentaje puede ser reducido en poco tiempo con un manejo eficiente y flexible de las pensiones no contributivas. Un 30 por ciento de estos ancianos pobres no recibe actualmente la pensión no contributiva, mientras que un 40 por ciento de los beneficiarios de este tipo de pensiones vive en hogares por encima de la línea de la pobreza. De quienes reciben este tipo de pensión, un 30 por ciento aparece en la encuesta de hogares por debajo de la línea de la pobreza, pero el monto de la pensión es tan baja que, a una parte de ellos, no les permite la compra de la alimentación mínima. El monto de la pensión debe ajustarse a las necesidades básicas, es preciso eliminar las distorsiones clientelistas y dirigir este tipo de pensiones hacia las zonas rurales y de concentración de la pobreza. La atención de esta población demanda ser coordinada con otras instituciones del sector que tienen servicios para superar la pobreza, como el BANHVI, que podría estimular la construcción de asilos para ancianos.
Diferenciaciones por sector. El otro sector esta constituido por trabajadores físicos aún activos, pero desplazados por la competencia de los más jóvenes, y de jefas de hogar con familia numerosa que deben generar su propio empleo. Para este grupo, la microempresa es más una forma de sobrevivencia frente al desempleo que una solución real. La política social no se puede recetar para todo, como la pomada canaria. Es preciso hacer diferenciaciones según sector; por ejemplo, diferenciando a quienes tienen experiencia en la pequeña empresa de quienes no tienen habilidades en este campo. Canalizando, de ser el caso, la asistencia en forma de salario hacia las jefas de hogar con muchos hijos, para que atiendan la formación escolar de ellos y puedan aprobar los cursos que les permitan salir, en un futuro, del círculo de la pobreza, en vez de darles “préstamos” que no se devuelven. En relación con los obreros desplazados, debe valorarse como un activo valioso la disciplina laboral previa en empresas con división social del trabajo, en vez de recetarles cursos de administración para el trabajo individual. Es decir, no se destacan, en el perfil del plan, programas y proyectos para aprovechar y estimular las capacidades de organización y gestión empresarial asociativa, que le permita salir de la pobreza a este importante sector social.
La canalización hacia los sectores sociales sensibles se puede ajustar tomando los datos de la Encuesta de Hogares, así como experiencias avanzadas de otros países. Pero lo que pone en tela de juicio la reducción rápida de la miseria no es la carencia de recursos, porque existen, sino la rigidez en su asignación que los hace inoperantes. Hace falta al menos una interpretación auténtica sobre las leyes en este campo, que le otorgue flexibilidad a la gestión del sector social, exigiendo –eso sí– resultados. El Ejecutivo debe compartir con la Asamblea esta responsabilidad y enviar a sesiones extraordinarias las reformas necesarias; de otra forma, difícilmente podrá cumplir con las metas propuestas.
Publicado en La Nación, 2003-01-29.