Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Columnas en prensa

Costa Rica en la encrucijada

Fecha
3 de octubre de 1999
Publicado en
La Nación
Lectura
13 min

Hablar de Costa Rica de cara al futuro tiene como referencia obligada nuestro origen hispanoamericano y africano, la historia y herencia común en que para bien y para mal compartimos y cultivamos como nación. Existen, desde luego, diferencias importantes entre nuestro país y otros países del subcontinente, pero los elementos comunes tienen un peso más significativo de lo que piensa la mayor parte de los costarricenses. Empezaré por presentar este marco y algunos alcances de su influencia sobre nuestra institucionalidad y valores, así como la forma en que condicionan nuestras posibilidades de transformación. Pienso que conociendo y enfrentando nuestra "personalidad histórica básica" es más fácil emprender las transformaciones que el país necesita.

El contexto latinoamericano

Durante todo el período de la conquista y la colonia el éxito económico, en América Latina, estuvo determinado por la cantidad de siervos indígenas o esclavos africanos de que se disponía. El trabajo pesado, generador directo de riqueza en las haciendas, plantaciones y minas, fue realizado por indios y negros y era sinónimo de bajo status social. La independencia política de España, a pesar de la eliminación formal de la esclavitud, no cambió en gran cosa el modelo de explotación y de hacer riqueza. El sistema republicano-oligárquico, estrechamente vinculado, primero al capital inglés y después al norteamericano, siguió premiando la explotación de la mano de obra y la concentración de la tierra con fines especulativos.

El nuevo Estado surgido de las relaciones comerciales de la oligarquía con las potencias económicas de entonces, lideradas por Inglaterra, introdujo principios liberales, que si bien abrieron el comercio externo, internamente facilitaron la expropiación de la tierra de los indígenas en beneficio de la oligarquía y las plantaciones y explotaciones mineras extranjeras, manteniendo al mismo tiempo el centralismo institucional la represión y la intolerancia social que excluía a las comunidades de la toma de decisiones. Es la época de un liberalismo basado en el "libre comercio" entendido como la posibilidad de hacer dinero a toda costa. En 1841 Inglaterra le declara la guerra a China exigiendo el libre comercio del opio, al mismo tiempo que sus cañoneras cobran cuentas atrasadas en los puertos latinoamericanos.

Liberalismo sui generis. La nueva economía de "empresarios-oligarcas" y de las empresas extranjeras creó un "liberalismo" muy sui-géneris, altamente selectivo y parcial en relación con el comercio exterior, pero dejando de lado los derechos políticos, excepto para debilitar el poder económico de la Iglesia Católica. Mantuvieron así las relaciones de servidumbre y el centralismo, especialmente en los países con alto porcentaje de población indígena. El trabajo no era para los señores oligarcas sino para los siervos y peones. Por eso el trabajo, la iniciativa comunal y la creatividad empresarial no se convirtieron en virtudes sociales como en la Unión norteamericana. En ese entonces en los Estados Unidos tenía una presencia destacada la pequeña y mediana empresa capitalista; era una sociedad con menos polaridades sociales pero, sobre todo, tenía una sociedad civil organizada que promulgaba el respeto al individuo. El trabajo como virtud social estimuló la iniciativa individual, la cooperación comunitaria y el desarrollo de una institucionalidad descentralizada con alto nivel de participación local.

Los modelos mentales señoriales latinoamericanos, aunque tienen su origen en los españoles, no deben identificarse con estos últimos. La existencia de abundante mano de obra servil y esclava, así como tradiciones locales y los estímulos económicos externos les dieron su propio sello y consolidaron nuevos valores con mayor distancia social y ostentación oriental en los virreinatos y las posteriores repúblicas americanas. Se podría decir, tomando en cuenta el origen asiático de los indígenas, que se configuró una segunda eurasia en el planeta.

Proteccionismo indefinido. En la segunda mitad del siglo XIX, ante las distancias crecientes entre América Latina y los Estados Unidos, Sarmiento por una parte y Rodó por otra, desarrollaron enfoques contrapuestos sobre el problema de la identidad y de la necesaria adecuación de los valores latinoamericanos de cara al siglo XX. La confrontación entre estas visiones, cuyo desarrollo a profundidad quizás hubiera permitido una revisión interna de la consistencia de los valores prevalecientes, para la construcción una nueva identidad e institucionalidad latinoamericana de cara al siglo XX, fue interrumpida por la revolución mexicana y posteriormente la rusa. El populismo nacionalista y las corrientes socialistas se encargaron de ubicar los problemas latinoamericanos hacia fuera, hacia el agresivo imperialismo de entonces, dejando de lado las limitaciones que generaban los valores oligarquico-señoriales y nuestros lastres institucionales centralistas.

Así, sin habernos desprendido de modelos institucionales y mentales, arcaicos ya para finales del siglo XIX, importamos en el siglo XX nuevos modelos, sin tomar cuenta de nuestras diferencias institucionales y sociopolíticas. De esta forma la protección a la industria que se impulso en los 30 en casi toda América Latina no se limitó a una protección temporal, para adquirir el know-how industrial y desarrollar la capacidad de gestión, sino que se transformó en proteccionismo indefinido. Este proteccionismo desestimó la innovación tecnológica y empresarial, fortaleció el rentismo, el lobby político y las relaciones clientelares, dejando de lado la iniciativa empresarial y el trabajo como valor normativo. Al igual que en el pasado colonial la generación de riqueza se realizó más por abrigo de leyes y decretos que por capacidades de gestión e innovación propias. Aunque el modelo de sustitución de importaciones permitió avances iniciales importantes, pronto se le acabó el impulso y América Latina, durante la segunda mitad del siglo XX, perdió importantes posiciones en la producción y en el comercio mundial.

El empresario rentista. Para continuar con la tradición de aplicar recetas externas, las reformas basadas en la privatización indiscriminada propuestas por los organismos internacionales en la década pasada, han experimentado serios fracasos y explosiones sociales en América Latina. El empresariado rentista, el mismo que había provocado el estancamiento anterior, se apropió de los activos estatales o se enriqueció con su venta, pero la privatización de los monopolios no generó los mercados esperados ni estímulo el desarrollo de la calidad en los servicios, en gran parte de los países. La privatización fue acompañada de medidas de reducción de aranceles y subsidios que dejaron en condiciones adversas a millones de pequeños empresarios. Paradójicamente, al mismo tiempo se les daba "incentivos" a las grandes empresas para su "ajuste" o como estímulo a la instalación de transnacionales. Una vez más los señores responsables del colapso, en este caso políticos y empresarios rentistas, se dieron el hartazgo y a los de abajo les dolió el estómago. Se generó una fuerte concentración del ingreso en el quintil superior de la sociedad latinoamericana, que ya de por sí tenía la más desigual distribución entre todos los continentes del planeta. La educación la salud y, en general, las inversiones básicas en capital humano del continente se afectaron seriamente, debilitando las posibilidades de desarrollo futuro y creando una tensión social. A las manifestaciones y explosiones recurrentes provocadas por esta tensión, se ha dado en llamar "ingobernabilidad" en el continente, aunque en realidad no es más que una especie de ceguera política e incapacidad de gobernar. Una clase política, que se preocupa sobre todo por saquear las arcas públicas, no tiene mucho tiempo ni interés en comprender la importancia de la formación del capital humano y social. Mucho menos en como construir una institucionalidad y una sólida cultura cívica de respeto al individuo y amor al trabajo, condiciones necesarias para poder ingresar en el siglo XXI, a la sociedad posindustrial con alguna posibilidad de éxito.

El caso costarricense

En la época colonial Costa Rica tuvo poca población indígena apta para ser sometida a la servidumbre y fue por eso la provincia más lejana y pobre de la Capitanía General de Guatemala. Pero esta pobreza impidió el surgimiento de grandes potentados ociosos y gestó una base campesina y de mediana burguesía más relacionada con el trabajo y el esfuerzo personal y familiar que con la explotación del trabajo servil o esclavo. También creo condiciones para contrarrestar, al menos parcialmente, la visión señorial y arraigar en la personalidad básica costarricense el valor al trabajo y el respeto al esfuerzo propio. Pero, nuestro país, por más aislado que haya estado, nunca fue una isla económica o cultural. Siempre estuvo bajo la influencia de la economía colonial y después de la economía mundial principalmente a través del comercio del café y de la presencia directa de las empresas bananeras. Lo reducido de su población y pobreza determinaron que los profesionales y la elite se formaran en el exterior. Por eso los valores de la elite son variados y contradictorios. Presentan un interesante caso de sincretismo entre los valores señoriales y los del pequeño productor campesino.

El pequeño y mediano productor. Han sido los valores del pequeño y mediano productor -comprometido directamente en el trabajo- los que han dado base a las corrientes e instituciones democráticas de participación y concertación. Pero han sido los valores de quienes están acostumbrado al dinero fácil y las instituciones creadas para privilegiarlos los que han manipulado la democracia, impidiendo su avance hacia un modelo de participación como el suizo, reduciéndola al voto en las urnas para seguir decidiendo por la ciudadanía.

Fueron los valores e instituciones impulsadas por los pequeños productores y profesionales los que sirvieron de base a las transformaciones educativas, de la libertad del sufragio, de las garantías sociales e impulsaron la creación de mercados locales y la diversificación de la producción en los años cincuentas. Medidas que contribuyeron a catapultar el desarrollo del país durante más de veinte años. Pero en el mismo proceso e impulsadas, tanto por presiones de las transnacionales que exigieron participar de la protección interna, como de quienes estaban acostumbrados dentro de los patrones señoriales, a lucrar con el menor esfuerzo, la protección que debía ser temporal para los nacionales, se transformó en un proteccionismo indefinido para todo el mundo que en los ochentas llevó al país a una crisis profunda, de la cual aun no se repone. Se consolidó así una clase politico-empresarial "rentista", como la define Anne Kruger, por vivir del lobby político y no de su creatividad productiva y gerencial, que utiliza el control del poder político para obstaculizar las transformaciones necesarias.

Un proyecto nacional. Aunque de entonces a la fecha se han producido reformas económicas parciales importantes para liberalizar el comercio y reducir los privilegios, el país está aún distante de realizar las reformas políticas y empresariales necesarias para entrar a la nueva época. Las transformaciones que se han realizado han sido más por negación de lo anterior que por afirmación de lo que se desea construir. Se carece aún de una Visión Compartida de Futuro, que como se verá más adelante para el desarrollo, que haga concurrir las voluntades individuales en función del proyecto nacional. Esta carencia ha permitido que otros empresarios regionales con mayor visión, como los salvadoreños en concertación con la antigua guerrilla, hayan tomado la iniciativa en varios campos estratégicos, como el de la aviación comercial.

La clase política, con apoyo activo de los empresarios rentistas, mantiene el monopolio del poder dentro de un sistema, donde se vota pero solo se elige al Presidente de la República, los diputados y munícipes son puestos a dedo por las camarillas partidarias y donde no existe la rendición de cuentas ni el control efectivo de los electores, como en las democracias avanzadas. El exceso de normas y controles desalientan y entorpecen la iniciativa y operación de los empresarios creativos. Las restricciones en el acceso a los servicios así como las regulaciones para instalarse de las pequeñas y medianas empresas, complican adicionalmente el panorama dificultando el surgimiento de un nuevo empresariado. El aparato del Estado funciona cada vez más lenta e ineficientemente y algunas fortalezas tradicionales como la educación comparados, incluso con países como Panamá, han empezado a presentar síntomas de debilitamiento. No se ha comprendido que la calidad de la educación va más allá del nivel de inversión material, que requiere de visión, capacidad gerencial y participación para que dé los frutos necesarios.

Dos opciones inmediatas. De cara al futuro Costa Rica tiene al menos dos opciones mediatas, cada una, sin embargo, puede tomar diversos matices:

1) Construir una Visión Compartida de Futuro y realizar cuanto antes las reformas electorales, constitucionales e institucionales necesarias.

No se pueden hacer, de manera congruente, los cambios que el país necesita sin una Visión Compartida de Futuro (VCF). Las visiones de futuro pueden llegar a ser compartidas si resultan sabias, después de haber sido impuestas por un dictador, como en el caso de Singapur, o producto de una guerra civil, como la de 1948 en Costa Rica que integró las principales propuestas de los perdedores de la contienda bélica. Pero en una sociedad pluralista y democrática, deben ser construidas, lo cual no implica necesariamente el consenso, pues siempre existirán diferencias en la forma de llegar a los fines. Suecia o Suiza son ejemplos de sociedades democráticas de los que podemos aprender. Una VCF no es un programa económico o político. Es, como diría Peter Senge: "Una fuerza en el corazón de la gente, una fuerza de impresionante poder. Puede estar inspirada por una idea, pero si es tan convincente como para lograr el respaldo de más de una persona cesa de ser una abstracción. Es palpable. La gente comienza a verla como si existiera.

Pocas fuerzas humanas son tan poderosas como una visión compartida. En un nivel más simple, una visión compartida es la respuesta a la pregunta: ¿Qué deseamos crear?". Podríamos decir que es la definición de los objetivos estratégicos sobre el tipo de país que deseamos crear en el largo plazo en concordancia con ciertos valores que constituyen fortalezas históricas de la nación y descartando debilidades que constituyen lastres para el progreso. Ejemplos de las fortalezas podrían ser la tradición de hacer los cambios basados en la participación y en los mecanismos democráticos, la justicia social y la inversión en capital humano. Ejemplos de las debilidades serían superar la "participulación", o "participación" manipulada de los procesos electorales por parte de las camarillas partidarias, en la selección de candidatos a diputados y munícipes para que la ciudadanía pueda elegirlos directamente.

En estas condiciones también habría que suprimir las restricciones a la reelección para que el electorado pueda reelegir a sus mejores dirigentes. Acabar con el patrimonialismo, o sea con el manejo de la cosa pública como si fuera privada, e instaurar mecanismos de evaluación y rendición de cuentas que permitan la destitución de quien no cumpla por ineptitud o engaño al electorado. Suprimir los privilegios al empresariado rentista y los desestímulos y obstáculos al verdadero empresariado, al creador y generador de riqueza como lo define Schumpeter. Superar la debilidad organizativa nacional, introduciendo nuevas relaciones laborales y oportunidades empresariales entronizando la alfabetización en organización en nuestro sistema educativo y formativo. Se trata de crear un clima para la generación de empleo, el desarrollo empresarial, de la cultura cívica y del capital social nacional.

En fin, se trata de iniciar cuanto antes, por parte de la sociedad civil, la construcción de una nueva VCF y de impulsar, en todos los niveles institucionales, reformas capaces de romper los círculos viciosos y estimular nuevos círculos virtuosos. Esto implica, desde luego, una estrategia y una táctica ágil, que he tratado parcialmente en artículos anteriores, pero cuyo desarrollo sobrepasa los límites de extensión de este trabajo.

2) La otra alternativa es no hacer las transformaciones necesarias en las estructuras de poder y seguir poniéndole parches al actual sistema.

Esta vía aumentaría las tensiones y nos llevaría, más temprano que tarde, a una explosión social y política. Debe recordarse que no se ha inventado aún la vacuna contra violencia y que podemos ser objetos de esta si no sabemos prevenir.

Esta explosión sería precedida por la quiebra del Estado, producto de la actual falta de controles a la cantidad y a la calidad del gasto público. La quiebra afectaría los servicios básicos de salud, educación, de mantenimiento de infraestructura, los sistemas de pensiones de la Caja y los de "reparto". Una experiencia similar vivió ya Chile, Argentina y Uruguay con consecuencias catastróficas para toda la sociedad, especialmente para los pensionados que pasaron a vivir en la miseria.

Un amigo mío decía que ya hemos comprado 90 números de 100 de la rifa para un cataclismo social. Pienso que de seguir por ese camino seguiremos comprando más números de esa fatídica rifa, cuyo premio la historia reserva a las naciones que no saben auscultar los síntomas de sus enfermedades graves. Aún podemos de cambiar de rumbo si no perdemos el tiempo que nos queda.

Publicado en La Nación, 1999-10-03.