Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Juan José Sobrado

Un hombre justo

Fecha
14 de junio de 2002
Publicado en
La Nación
Lectura
4 min

Las notas del Duelo de la patria a la salida del funeral de don Rodolfo Piza expresaron mejor que nada el dolor y los sentimientos por su muerte. Nada más apropiado, no solo porque la patria estaba de duelo, sino porque solo la gran música, como esas bellas notas, puede alcanzar ciertas nobles cumbres, en las que don Rodolfo fue señor.

Porque don Rodolfo puso la gran pasión de su vida, el derecho como expresión de la justicia, que la fuerza lógica y la solidez de argumentos de su inteligencia poderosa hacía irresistibles, al servicio de su país y de sus semejantes. Pasión por la justicia, humanidad, brillantez y servicio: esto podría resumir la vida pública de Rodolfo Piza Escalante. Ejemplo que muy pocos dan y que debe servirnos de paradigma.

La Ley general de la administración pública fue su primera gran obra, junto con don Eduardo Ortiz, el otro gran jurista desaparecido y muy amigo suyo. Esta Ley potenció la interpretación finalista y sistémica de la norma, como el eje de la acción administrativa en el estado de derecho, lo que generalmente olvidan administradores codigueros y medrosos, que no saben leer más allá de la literalidad de los artículos. Junto con la Ley general de la jurisdicción contencioso administrativa , obra de ese otro gran jurista y juez que fue don Gonzalo Retana Sandí, ambos cuerpos normativos son el fundamento positivo del moderno derecho administrativo costarricense, al que desde la cátedra, la judicatura, la abogacía, la legislación, y con el ejemplo y estímulo a otros, don Rodolfo contribuyó tanto.

Sin embargo, resultaron insuficientes: litigantes, administradores y jueces no las comprendían o les tenían temor y, pese a su perfección técnica, la defensa del administrado terminaba enredada en cuestiones procesales, o en los privilegios de la administración. Entonces se produce la gran creación personal de don Rodolfo: la Sala Constitucional, a partir de un proyecto de la Corte, que transforma y le da vuelta por completo. Nace así la Sala como órgano defensor del ciudadano y del ordenamiento, frente a los abusos del poder y del funcionario, que no es el Estado –como en actitud medrosa se venía entendiendo –, sino que, por el contrario, atentan contra el fundamento mismo del Estado que es la Constitución.

Herencia. El gran jurista de proyección continental, exintegrante de la Corte Interamericana, regresa entonces a la judicatura como miembro de la nueva Sala Constitucional. En esta etapa fue decisivo porque, por buenas que sean las leyes, no funcionan si buenos jueces no las hacen valer. El espíritu, la valentía, la sabiduría y profundidad de los buenos pronunciamientos de la Sala Constitucional le deben mucho, y en no pocas ocasiones, todo. Ese talante de la Sala, que fue predominante, sobre todo en su primera etapa, y en el que concurrieron otros muy valiosos magistrados, es lo que la gente percibe favorablemente como "la Sala IV", bastión de la Constitución y del ciudadano frente a los abusos del poder. Este es el gran activo o patrimonio institucional nacional, herencia de Rodolfo Piza al país, que sus compañeros de Sala tienen el gran reto de mantener, y en ocasiones rescatar, en momentos difíciles en que el exceso de trabajo, la incomprensión de algunos comentaristas y los celos de diputados y gobernantes conspiran para destruirlo.

Todo esto fue la proyección del concepto de Rodolfo Piza sobre la justicia en el estado de derecho, instrumentado por su inteligencia y valentía. De la justicia, como la gran virtud de los gobernantes, tal como se conoce desde Aristóteles. Y de que los tribunales son de "justicia", como lo dice hasta el rótulo a su entrada –pero que se olvida con facilidad– y no de procedimientos, elusión de responsabilidad, imposibilidades o trampas.

Tal como el propio don Rodolfo lo escribió, a partir de la bienaventuranza prometida a "los que tienen hambre y sed de justicia" (Mateo 5:6) y "la senda de los justos... como una luz brillante" (Proverbios 4:18): "Estos son mi verdad y mi legado, solo para que se reconozcan cuando muera, teniendo a Dios como testigo inmenso, o a su perdón como consuelo amado... y tomando por testigo, Él lo quiera, al Dios que quita lo que Él solo ha dado, estoy contento de partir tranquilo, sabiendo que, a sabiendas, no he hecho daño".

Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2002-06-14.