La política a lo chimpancé
- Fecha
- 26 de junio de 2003
- Publicado en
- La Nación
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Frans de Waal, un destacado zoólogo holandés que trabaja en los Estados Unidos, es famoso por sus investigaciones sobre la conducta social de los antropoides. En Chimpanzee Politics, libro aclamado internacionalmente, muestra que estos, nuestros parientes mas cercanos en la escala zoológica, y con quienes compartimos el 98% de los genes, tienen muy desarrollado el sentido de la política. Surge en el momento, muy antiguo evolutivamente, en que empieza la vida social en seres gobernados por sí mismos o por lo que se pueda llamar “cultura”, en contraposición al mero instinto, que determina la conducta en animales de mente y libertad menos desarrolladas, como las hormigas o las abejas.
La política es el instrumento para tomar y ejercer el poder asociado a la autoridad; o sea, lo que se impone, aun contra la voluntad del receptor, a diferencia de otras formas de poder. En las formas sencillas de sociedad como la tribu, el más fuerte es a la vez la autoridad. Pero ello requiere obtener la colaboración de otros, y ahí nace la política.
La relación clientelar como fundamento del poder, buscado por sí en provecho personal, a partir de una red de favores, y no para propósitos superiores, es el sustento de la política en los chimpancés, en la misma forma en que también fundamenta la política de visión distrital que ha pasado a regir el país. El macho alpha reparte la presa entre las hembras y las crías, así como entre los machos de menor rango que son sus aliados y que no amenazan su dominación; pero no sucede así con sus rivales, a los que excluye.
Alianzas específicas. Las coaliciones con ese propósito son la base de la política chimpancé, por ejemplo cuando un macho desafiante se alía con otros para desbancar al que manda. Se forman contra otros o contra las presas. Esto último se aprecia claramente en las expediciones de caza, en las que los chimpancés muestran un gran sentido de cooperación y de trabajo organizado, necesario para poder cazar a los infelices monos colobus que son su platillo preferido, porque estos, para que nos los capturen, huyen y se refugian en las ramas más altas y delgadas que no soportan el peso de los cazadores.
Entre los chimpancés enanos o bonobos, en que las hembras no muestran gran diferencia de tamaño con los machos, la liberación femenina se alcanza mediante la eficacia práctica de la consigna: todas contra el abusador, por lo que la igualdad de sexos ya era ahí un hecho antes que en las sociedades humanas. De este modo, las alianzas y el “doy para que me des” para ejercer el poder por el poder mismo, son la base de la política chimpancé.
Etapa primigenia. El parecido de esta con la actual política costarricense no es una coincidencia, sino que resulta inevitable, porque, en un claro movimiento retrógrado, cayó de nuevo en dicha etapa evolutiva primigenia, al abandonar su necesario eje central del poder como instrumento para alcanzar los propósitos superiores de la sociedad. Retrocesión que, en los tiempos modernos ha ido por etapas: primero del ágora; o sea, de la política como movimiento de la razón para la dirección racional y ética de la sociedad, que se vivió en los momentos del pasado que fueron determinantes para el desarrollo de Costa Rica, al circo; o sea, a la política como el favor para el más gracioso o simpático. Y después, como etapa siguiente, el modo de política en la tribu primitiva, cuando ya no existe. ¿Qué puede seguir después, si este movimiento de retroceso continúa? ¿Un nuevo contrato social, o el alegado estado de naturaleza de Hobbes, de todos contra todos? El asunto es muy serio, y lo único claro es que hay que frenar este proceso y devolverlo al ágora y al interés público. Porque Costa Rica ya no es una tribu de sencillas necesidades, y esta patología, además de patrimonializar el poder, deja al garete el gobierno indispensable para una sociedad compleja. Es algo así como pretender dirigir un barco con un remo. El resultado es inevitable: una deriva de la que todos quieren aprovecharse, y que al final lleva a la quiebra al sistema y al Estado.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2003-06-26.