Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Juan José Sobrado

La peor plaga del café

Fecha
22 de febrero de 2003
Publicado en
La Nación
Lectura
4 min

Tomó mucho tiempo y sufrimiento en el siglo XIX entender que el trabajo no era una simple mercancía, y que no podía quedar sujeto solo a las leyes del mercado ya que era más que un valor de cambio. Algunos, como el papa en los países católicos, a nombre de los otros valores involucrados; otros, por el visionario interés capitalista en consumidores para poder crecer, defendieron los derechos mínimos y las conquistas sociales que ahora nadie discute. Algo similar está pasando actualmente con ciertos productos básicos, que, por su elevado componente de trabajo y de valor social para los países en desarrollo, los amparan razones similares y no pueden quedar sujetos solo al mercado, lo que es parte de la lucha ideológica entre Davos y Porto Alegre.

Quienes defienden la apertura indiscriminada para los productos agrícolas, o la ley de la selva generalizada en el mercado internacional, padecen de un anacronismo que las mismas políticas que defienden superan –no siempre con razón– cuando se trata de lo propio. Así, los Estados Unidos imponen gravámenes a la importación del acero, o a la madera del Canadá, para defender a sus productores , o subvencionan a sus agricultores para hacer luego “dumping” internacional con el arroz o el trigo. O la Unión Europea, que discrimina el banano latinoamericano, o en la misma forma hace “dumping” con el azúcar que pagó a precio de oro a los productores europeos de remolacha.

Valor social. El café es un producto al que plenamente se aplica la necesidad de regulación, en razón de los valores humanos, sociales y políticos, envueltos en su producción. A los precios ruinosos actuales, en beneficio, no de los consumidores, como se verá, para quienes de todas maneras supondría un valor insignificante, sino de los oligopolios distribuidores en los países consumidores, hay muertes por hambre en Matagalpa o en otros lugares en condiciones extremas, o depresión y agravamiento de las condiciones rurales en Costa Rica y en toda la América Latina del café. Esto debiera preocupar a los Estados Unidos, que, por otra parte, promueven el TLC y el ALCA, contradictoriamente y en parte para evitar la invasión de su territorio por los pobres latinoamericanos, y la “cocalización” del agro suramericano

Así se comprendió en l962 cuando, bajo los auspicios de Naciones Unidas, se firmó el Convenio Internacional del Café entre países productores y consumidores, con el objeto de estabilizar los precios y mantenerlos en un nivel aceptable. Atrás quedaban casi un siglo de oscilaciones violentas y cíclicas (escasez, altos precios, abundancia, bajos precios, escasez, y de nuevo el ciclo), en perjuicio generalmente de los productores, pero al mismo tiempo de los consumidores, y un intento incompleto en ese sentido: el Convenio Panamericano del Café . .

Caída de los precios. El Convenio funcionó razonablemente bien para ambas partes, pese a especuladores y contrabandistas, inevitables en una cuestión global de esa complejidad. Pero, al retirarse los Estados Unidos y volver el caos al mercado, los precios para los productores cayeron espectacularmente. En la reciente “Declaración de Quebec”, los presidentes latinoamericanos, reunidos en la Tercera Cumbre de las Américas, instaron a los Estados Unidos y Canadá a reintegrarse al Convenio, con las siguientes palabras: “en los años ochentas, cuando operaba el Acuerdo Internacional del Café, los consumidores finales gastaban una cifra cercana a los 30 billones de dólares por año en adquirir el producto. De esa suma los países productores recibían alrededor de 9-10 billones por año (30-33 por ciento); de acuerdo con estimativos de la Organización Internacional del Café, el gasto de los consumidores en la actualidad asciende a una cifra cercana a los 55 billones, y los países exportadores están recibiendo menos de 7 billones (15 por ciento).

¿Qué pasó? Que en 1989, dentro del dogma del libre mercado para los demás, pero no para sí, el gobierno del presidente Bush , padre, retiró a los Estados Unidos del Convenio, lo que impulsó nuevas siembras en Asia. Pero el libre mercado no lo aplicó al oligopolio doméstico a cargo de la distribución, y la enorme diferencia citada fue absorbida por este, sin beneficio ninguno para el consumidor americano, y ruina y hambre para el productor. Ese es el libre mercado para la derecha americana, que no puede entender los derechos de los demás, y que ahora, bajo Bush hijo, quiere extender la plaga del café a otros productos agrícolas.

Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2003-02-22.