La libertad secuestrada
- Fecha
- 19 de octubre de 2000
- Publicado en
- La Nación
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¿ Dónde está la libertad de los ciudadanos para gobernarse, si los diputados no responden a los ciudadanos que representan, sino a sus propios intereses y a lo que ordenan los dirigentes políticos? Si no hay elecciones de medio período para controlar los actos de gobierno y el desempeño legislativo y, si no hay posibilidad de elegir directamente los representantes que uno quiera, ¿en qué queda la soberanía popular y el ejercicio del gobierno por los ciudadanos?
¿Dónde está la libertad de elegir presidente, si se aducen limitaciones para votar por quienes ya han probado su capacidad de gobernar? ¿Dónde la razón en el ejercicio de la libertad, si las candidaturas presidenciales se fundan en maniobras de propaganda apariencias fabricadas y no hechos y no en la capacidad y solvencia probadas en el ejercicio de ese u otros cargos, y en hechos reales y que se puedan discutir? Para todos los cargos privados se exige demostrar previamente la competencia, menos para este, el primero de todos los públicos y el más importante para la sociedad.
Derecho denegado. ¿Dónde la razón y la cordura, necesarias para el ejercicio del control, si los tribunales penales aduciendo razones privadas, impiden analizar conductas públicas anteriores cuestionables? ¿Dónde la libertad electoral, si el Presidente del Tribunal de Elecciones, que debiera defenderla, niega la libertad de votar en blanco o nulo, supremo derecho del elector soberano para rechazar todas las opciones si ninguna le gusta?
¿Dónde la libertad para formar partidos, si la deuda política adelantada establece un monopolio a favor de los grandes, que con eso amarran todo lo anterior para constituir un monopolio sobre el gobierno y la soberanía?
¿Dónde la libertad bajo la ley, esencia del Estado de Derecho, si esta, por incapacidad o por fraude se corrompe para que no se entienda, o para que signifique otra cosa de lo que aparenta, o para que sea absurda o enmarañada, y quede así abierta la puerta para el imperio del más fuerte?
¿En que queda la libertad, y la obligación, del ciudadano de participar en las decisiones de gobierno, si mediante amenazas y castigos institucionales se amedrenta a la prensa para que no profundice e informe sobre las conductas públicas, o sobre los proyectos en discusión? Porque en la moderna sociedad de masas, solo a través de investigaciones a profundidad de los medios de comunicación, puede el ciudadano trascender la apariencia, y conocer la verdad que se oculta tras la inevitable complejidad de los asuntos públicos.
Miedo a tomar decisiones. Este secuestro de la libertad es parte del proceso que tiene políticamente postrado al país, paralizado e incapaz de hacer frente a los problemas del estado y de la sociedad, que demandan soluciones y actos adecuados de gobierno en todos los poderes. Otra parte de aquel proceso es el autosecuestro, en que el ciudadano se entrega sin condiciones a los partidos tradicionales (vea artículo anterior: "De hueso colorado"), y otra el reflejo en el ciudadano condicionado por tradiciones y la educación pedagogista del miedo a tomar decisiones y a enfrentar y llamar las personas y cosas por su nombre, y por lo que merecen sus hechos.
Para que nuestro sistema político sea bueno, debe ser a prueba de personas y, por tanto, institucionalmente capaz de funcionar y de regenerarse si se corrompe. Pero actualmente no lo es. Por lo que es necesario oxigenarlo, devolverle sus libertades y abrir la puerta a los procesos que, inevitablemente a base de la competencia, la verdad y la responsabilidad ante el electorado conduzcan a la recuperación del colapso en que está sumido.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2000-10-19.