La liberación de los educadores
- Fecha
- 24 de mayo de 1996
- Publicado en
- La Nación
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Pocas profesiones pertenecen por naturaleza, a un orden espiritual y moral tan elevado, como la del educador. El maestro y el profesor forman las inteligencias, los espíritus y los corazones de las nuevas generaciones, por lo que es una de las profesiones más importantes que existen en la sociedad. Y, por eso, si falla, el resultado es terrible. Al igual que en cualquier otra profesión, la calidad de sus contenidos y de sus resultados, determina en definitiva su valoración, en especial, la social, de la que depende, entre otras cosas, su prestigio y su remuneración económica. Esta última, aún dentro de los parámetros burocráticos que la limitan, se determina en definitiva, según el resultado de su apreciación social. Por ello, una caída importante de la calidad de la educación, daña directamente en todo sentido a los educadores, quienes deben ser por eso los más celosos defensores de la calidad de lo que imparten. Es por eso que el deterioro que el pedagogismo ha logrado causar en la educación, según hemos tenido ocasión de analizarlo en artículos anteriores, lo convierte también en el enemigo público número uno de los educadores, aunque pretenda simular lo contrario.
Sin necesidad de muchos análisis, cualquiera que compare lo que se enseñaba antes del pedagogismo y su aprovechamiento, con lo que se enseña ahora y sus resultados, comprobará que esa ideología equivocada, es la causa de la caída que se denuncia, y por ende, en lo que aquí interesa, del daño que indirectamente infligió a los educadores. De esta manera concreta y muy visible, bastaría con poner sobre la mesa lo dicho antes y después, para entender cuál es el problema. Agregando además en la comparación, lo que estudiaban los maestros y los profesores, antes y después del pedagogismo, se entendería por qué dicha corriente de pensamiento afectó gravemente a la profesión como un todo. Ya que, cuando el pedagogismo devaluó la enseñanza a los alumnos, las universidades bajaron el nivel de preparación de los educadores, para adaptarse y competir, porque en ese nivel de cosas, la demanda también termina condicionando la oferta. La excelente preparación normalista de los maestros, o de los antiguos profesores de Estado, que existía como norma antes del pedagogismo, desapareció, y la actual, luego de años de erosión pedagogista, no resiste la más leve comparación con aquéllas.
Pero además del deterioro en la calidad de la enseñanza, que rebota directamente en contra de los educadores, el pedagogismo los ha afectado igualmente, con el dirigismo minucioso de su función y el irrespeto a su independencia profesional. Dirigismo que lo lleva a centralizar en las autoridades rectoras, el cómo, el qué, y el hasta dónde se enseña -hasta en sus más mínimos detalles-, lo que ahoga la iniciativa y la responsabilidad personales, necesarios para un buen desempeño de la función docente. Es el correlato, respecto de los educadores, de la visión pedagogista del estudiante, como simple número y "pobrecito", y no como persona responsable y capaz de mucho más de lo que se pide de ella; en ejecución de lo cual destruye la disciplina en clase, y correlativamente la autoridad del docente, con lo que perjudica a éste aún más.
Por eso la culpa del deterioro no es de los educadores, sino del sistema que, al igual que a los estudiantes, oprime a los educadores y los perjudica. Si la calidad es mala no es por culpa de los educadores, sino a pesar de ellos. Y si un sector no está bien preparado, eso contribuye a la mala calidad, la culpa tampoco es de los educadores sino del sistema que así los formó. La culpa de los generales no debe caer sobre los soldados.
Más bien, el pedagogismo no ha podido hacer más daño, porque el espíritu de servicio de los educadores se lo ha impedido, no haciendo caso, a algunas de sus ininteligibles demandas. No obstante, el pedagogismo ha logrado hacer el inmenso daño que ya conocemos, al ponerle límites insalvables y formas y ritmos forzosos y perjudiciales a lo que se enseña, así como a la independencia y a la acción creadora de los docentes. Porque la mayoría de los educadores --aún los victimizados con una preparación insuficiente--, muestran, cuando la ocasión lo exige, un alto espíritu de servicio y racionalidad. Esto es una reserva importantísima para la recuperación del sistema, que se debe hacer con ellos y a la par de ellos. La vocación docente, bajo el estímulo del contacto con los espíritus frescos de los niños y de los jóvenes, desarrolla por sí sola la relación natural de enseñanza entre maestro y discípulo, e imparte la instrucción a que el pedagogismo se opone. Porque, enseñar al que no sabe es tan natural y valioso, que configura incluso una de las virtudes cristianas, aunque el pedagogismo lo ignore. Por supuesto, que para eso los docentes deben prepararse bien, porque nadie puede enseñar lo que no sabe. Y en esto hay un déficit acumulado, gracias al pedagogismo, que ahora se debe salvar.
Junto con el aumento serio de los contenidos, su ordenamiento racional y su exigencia, la recuperación de la calidad educativa debe arrancar con la preparación de los educadores y su liberación profesional. Responsabilidad y libertad son dos puntos fundamentales en ese programa. Responsabilidad para exigir preparación y resultados; y libertad para que el educador disponga por sí cómo enseñar lo que los programas pidan.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 1996-05-24.