A grandes males, grandes remedios
- Fecha
- 1 de agosto de 1996
- Publicado en
- La Nación
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El deterioro del sistema educativo es un hecho probado que no admite discusión. Su "producto", o sea, los costarricenses a quienes les correspondió sufrirlo por razones de edad, presenta, como se ha probado, deficiencias en su pensamiento abstracto o formal, en conocimientos básicos, en iniciativa, seguridad, criticidad y creatividad.
Estas deficiencias tampoco han sido el precio de un incremento en virtudes sociales como la solidaridad, o políticas como la democratización, según lo pretendían los pedagogistas. Lo que el pueblo de Costa Rica tiene de solidario lo trae de su trasfondo cristiano, que no se lo da la escuela, y no ha aprendido a operar en conjunto como se pretendía, por lo que ser ignorante no es ninguna ayuda sino un estorbo. Tampoco se ha democratizado más, sino que se ha hecho más gregario o masificado, e igualado en la vulgaridad y la ignorancia, lo que es otra cosa. Tampoco se han incrementado las virtudes individuales, sino todo lo contrario, porque los vicios aumentan con la vagancia, resultado de la baja exigencia, del paternalismo y de la pérdida de responsabilidad individual. La ociosidad es la madre de todos los vicios, como se sabe desde hace mucho, aunque los pedagogistas lo ignoren.
¿Qué hacer entonces ante ello? Si el problema está determinado y cuantificado, y su existencia no admite discusión, lo mismo que su gravedad y daño para el cuerpo social, es el momento de las decisiones reformadoras, y de no dejarse distraer por los ardides de los pedagogistas responsables, que pretenden aplazarlas con pretextos como que "primero hay que definir el tipo de sociedad que queremos"; "de previo hay que alcanzar el consenso" o "el currículo debe ser regional". Lo primero, porque el tipo de sociedad ya está definido en la Constitución Política, y sólo corresponde ejecutarlo; pretender otra cosa es subvertir el orden político-social, y configura el delito de sedición. Lo segundo, porque la democracia no funciona mediante el consenso -que es imposible- sino mediante la voluntad de la mayoría, que es clara en el sentido de las reformas, porque este es un país de gente racional que contempla con horror los desvaríos de los pedagogistas. Lo tercero, porque ni las matemáticas, ni el idioma, ni los conocimientos fundamentales en ciencias naturales o sociales dependen de los linderos cantonales.
Si el problema es la baja preparación y la ausencia de las virtudes que resultan de una buena preparación, la solución debe empezar por llevar dicha preparación a niveles decorosos. Para negarse a hacerlo, no cabe el argumento de que "primero hay que preparar a los maestros", porque no hay tiempo para esperar, y asimismo, esa es una causa circular que hay que romper en su fuente. La preparación de los docentes bajó cuando los pedagogistas bajaron el nivel de enseñanza, ya que la oferta se adecuó a la demanda; y no podrá esa preparación subir, mientras no se suban los niveles de exigencia, porque así funcionan las cosas humanas. Debe subir primero el nivel de exigencia, y los docentes que necesitan preparación, aprender conjuntamente con sus alumnos, mediante todas las ayudas modernas, tal como textos adecuados, clases por televisión, computación interactiva, videocasetes, enseñanza por correo, etc.
Para ese efecto se debe retornar a lo fundamental y desechar todos los desvaríos pedagogistas que apartan de ello. Lo que necesitamos es racionalidad y sentido común, y no ocurrencias apriorísticas, desechadas además por los hechos. Por ejemplo, para enseñar a leer y escribir correctamente, se debe poner a leer y a redactar a los alumnos, en forma insistente y en todos los niveles de la enseñanza, que es lo que ahora menos se hace. Mientras eso no se corrija, seguiremos igual, por mucha palabrería vacía que se diga al respecto. Lo mismo en cuanto a la enseñanza de las matemáticas, centrada actualmente en la memorización y no en un pensamiento de segundo nivel, que enseñe a pensar con ellas. Igual en cuanto a la enseñanza de las ciencias, que se da actualmente a poquitos y en mescolanza, lo que impide la estructuración de los modelos de inteligibilidad, en que se basa cada una de ellas.
Retornar a reglas de suficiencia como las establecidas por el antiguo Código de Educación de 1944, derogadas por los pedagogistas, que ponían como condición (artículo 19) para obtener el certificado de "Conclusión de Estudios Primarios", entre otras exigencias igualmente sabias, "saber leer corrientemente y darse cuenta de lo leído; saber expresar con relativa corrección lo que se conoce de cualquier asunto, y saber redactar y escribir cartas y documentos sencillos"; "dominar las cuatro operaciones fundamentales como números enteros y con fracciones decimales"; "conocer los deberes y derechos del ciudadano y las funciones de los principales organismos y autoridades del país"...; "poseer hábitos morales y conocer y practicar las reglas de higiene y urbanidad indispensables". Reglas que, como la primera, en este momento no cumplirían ni los documentos del Ministerio de Educación, cuyos autores tendrían que empezar por revalidar bajo aquellas sus certificados de conclusión de estudios primarios.
Código este, el de 1944, que ya incorporaba (artículos 3 y 4), los principios de la Escuela Nueva o Activa, objeto de las preocupaciones de grandes educadores como Omar Dengo y Brenes Mesén, pero en forma armónica y sin perjuicio de la instrucción o, más bien, para potenciar esta y no para destruirla, como treinta años después haría el pedagogismo.
Los vicios del pedagogismo se decantan en dos puntos fundamentales: desestimar la instrucción como eje de la formación, y sustituir la responsabilidad individual de estudiantes y profesores, por el dirigismo y la irresponsabilidad del pobrecito y del administrado. Aquí hay que darle un vuelco total al sistema y retornar en sus grandes líneas al sistema anterior, basado en lo opuesto, que sí lograba lo que ahora no se logra, sólo que para un auditorio más reducido. Las correcciones por hacer deben contemplar, por tanto, la universalización de aquel sistema probado, así como su canalización en distintos niveles de enseñanza, porque debe ofrecer distintas salidas o carreras a los estudiantes.
No caben pretextos de ninguna especie para no hacerlo, porque, si en el pasado se pudo -restringido como se dijo-, ahora con más recursos y experiencia, con más facilidad se podría hacer. Este argumento es incontestable: ¿si antes se pudo, por qué ahora no se va a poder? De modo que no hacerlo es simplemente desidia, o ganas de hablar y de no hacer, o imposibilidad de dejar de pensar en "pedagogismo", o temor ante tigres que no existen o que son de papel, según veremos en el próximo artículo, que tratará de "la liberación de los docentes".
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 1996-08-01.