Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Juan José Sobrado

A favor del voto preferencial

Fecha
14 de mayo de 2001
Publicado en
La Nación · carta colectiva
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4 min

Don Kevin Casas, en estas mismas páginas, se manifestó en contra del voto preferencial para diputados, propuesto por el Tribunal de Elecciones y que un grupo de ciudadanos apoyamos en un manifiesto público.

Por eso señalamos razones a favor del voto preferencial y los errores que llevan a don Kevin a combatirlo.

E1 voto preferencial es un punto medio entre el voto por lista elaborada por los partidos, que es inmodificable para el elector, y la elección directa de representantes por los electores de cada distrito electoral, al estilo inglés.

En el primer caso –lo actual–, el elector vota por un partido o por quienes este dice que lo representan, no por representantes directos suyos. Los elegidos tienden, por tanto, a responder al partido, que resuelve quién representa al ciudadano. Si el partido falla, quiebra la representación y no hay mecanismo corrector. Es decir, un número reducido de políticos –quienes deciden las listas de los partidos– limita la voluntad del elector.

Desproporción. En el segundo caso, compite un candidato por cada partido en cada distrito electoral, y quien gana lo representa. Es decir, parece muy democrático porque gana el más representativo, pero tiene el inconveniente de que el partido con mayoría tiende a ganar en casi todos los distritos, por lo que su representación en el congreso o parlamento resulta desproporcionada, a su favor, y también desproporcionada, en contra de los demás partidos.

El voto preferencial es un punto medio, en el que los partidos elaboran la lista, pero el ciudadano escoge ahí, en todo o en parte, por quién votar. Por eso creemos que es mejor sistema y que debe ser la base para la reforma del actual sistema de elección de diputados.

Don Kevin se opone con base en dos argumentos: que el voto por lista cerrada se usa en reconocidas democracias como Suecia, Israel, España y otras y que la votación sobre la representatividad se produce en el seno del partido, cuando se verifica para ello consulta popular a los adherentes.

En cuanto al primero, no advierte que cita como ejemplo sistemas constitucionales parlamentarios, diferentes del presidencialista nuestro, donde la relación entre partido y poder es diferente y donde el equilibrio de los poderes públicos se obtiene mediante otros mecanismos. En el sistema parlamentario, las estructuras partidarias van al parlamento y ahí forman gobierno, de modo que este es un comité del partido o partidos, presidido por el líder del partido ganador.

No sucede como en el sistema presidencialista, donde los partidos son maquinarias de elección pero no de gobierno, por lo que el ciudadano debe tener control más directo sobre sus representantes, sobre todo que son a plazo fijo, y no temporalmente, mientras se mantengan las mayorías necesarias, como en el sistema parlamentario. En este el equilibrio entre poderes es diferente: en el sistema presidencia lista lo preside una asamblea de representantes populares a plazo fijo; en el parlamentario, rige la relación que resulta entre diferentes sectores del partido o partidos representados en el parlamento.

Con sentido. Si una pugna no se soluciona, una mayoría parlamentaria puede hacer caer al gobierno, o este, en su caso, puede convocar a nuevas elecciones para que los electores decidan. Por eso tiene sentido que sea un gobierno de partidos y no, como en Costa Rica, un gobierno de representantes populares a plazo determinado electos por partidos, pero no propiamente un gobierno de partidos. Para pretender tal gobierno, habría que empezar por adoptar el sistema parlamentario. Fuera de este sistema, se ha pretendido el gobierno de los partidos, sin sus mecanismos compensatorios, lo que ha hecho mucho daño. Aparte de que el sistema parlamentario no siempre ha funcionado bien en contextos históricos y sociales distintos, como la experiencia europea lo indica, y en algunos casos, como el francés, ha tenido que mezclarse con el sistema presidencialista.

En cuanto al segundo argumento, ya se contestó, porque una cosa es que el universo del electorado pueda escoger y otra, muy diferente, que un pequeño grupo imponga su criterio

Finalmente, la lista preferencial obligaría a los partidos a dar alternativas, más allá de la mera simpatía, y escoger a quienes representen mejor el pensamiento, la capacidad y los planes de cada partido. Así se enriquecería notablemente la elección.

Agradecemos a don Kevin su aporte para esclarecer, a través de una sana discusión pública, los alcances del voto preferencial.

Óscar Barahona S., Luis A. Pacheco S., Rodolfo Silva V., Jorge Rossi C., Guido Miranda G., Rodolfo Gurdián M., Juan J. Sobrado C.

Carta colectiva firmada por Juan José Sobrado. La Nación, 2001-05-14.