Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Columnas en prensa

Lo demás son cuentos

Fecha
16 de mayo de 2002
Publicado en
La Nación
Lectura
4 min

Evaluar el impacto de un programa o proyecto es, en lo fundamental, valorar si existe o no un aporte a los propósitos finales o parciales de la política.

La evaluación por metas no puede considerarse necesariamente un logro político. Por ejemplo, se pueden repartir 15.000 bonos escolares, según el plan, para evitar la deserción y elevar el nivel de escolaridad; sin embargo, este hecho no garantiza, por sí, el logro del propósito político. Es preciso conocer si, con la entrega de los bonos, efectivamente se redujo la deserción escolar y se elevó el nivel de escolaridad. Si no se nota una reducción equivalente en la deserción escolar o una elevación del nivel de escolaridad, podría ser que el programa no se esté administrando bien, porque se están desviando los recursos hacia quienes no lo necesitan, o que el programa no sea efectivo para las metas deseadas.

El llamado combate a la pobreza, que consume decenas de miles de millones de colones, tampoco puede medirse por la cantidad de "diarios" o bonos repartidos. Sus resultados deben ser medidos en una reducción de la cantidad y calidad de la pobreza. De la misma forma, no se puede medir la eficacia de la justicia solo por el número de juicios realizados o el tiempo de permanencia en prisión previo al juicio. Es imprescindible tomar en cuenta, también, factores como el porcentaje de delitos que permanecen impunes y afectan el ejercicio de la justicia ante la población.

Por eso, en mi criterio, la evaluación de impacto debe ser integral; esto es, involucrar a quienes aportamos los impuestos con un fin definido por la política sectorial; a quienes ejecutan el programa, dentro de un marco institucional; y a los usuarios o clientes externos: la razón de ser del proyecto o programa.

Objetivos y metas. Cada proyecto o programa bien diseñado tiene objetivos y metas propios. Medir el logro de estas metas y objetivos es importante, pero no suficiente para realizar una buena gerencia y control. Es preciso evaluar todos los factores intervinientes, guiándose por la misión de la empresa o institución y, sobre todo, por las necesidades de los usuarios o clientes. El gerente de una empresa que le da muy buenos dividendos a los accionistas, a costa de las inversiones necesarias para mantener la competitividad, puede resultar muy popular a corto plazo, pero será nefasto para los intereses de la empresa y los accionistas en el mediano y largo plazo.

La evaluación de impacto es un instrumento indispensable para la buena conducción política y gerencial de cualquier empresa o institución. Sin una evaluación de este tipo se pierde el norte y la capacidad de ajuste institucional. Esta es una de las razones fundamentales por las que el estado costarricense tiene limitaciones crecientes en su desempeño. Este tipo de evaluación no existe, no porque existan limitaciones técnicas o profesionales para hacerla, sino porque no hay interés de los jerarcas en que se les controle y se les exija cuentas por su desempeño. Cuando se habla de evaluación sobran pretextos sobre su presunta complejidad técnica citando manuales de empresas y países desarrollados. Siempre hay algún pretexto técnico, profesional, o presupuestario, porque casi nunca se exige en las disposiciones institucionales hacer la evaluación de impacto.

Aberración organizacional. Lamentablemente, la sociedad civil y los organismos internacionales parecen haberse amoldado a esta aberración organizacional y prefieren concentrarse en las consignas "políticamente correctas"; es decir, aceptadas en las declaraciones gubernamentales de transparencia, participación y rendición de cuentas, sin preguntarse cómo alcanzar estas consignas si no existe la información adecuada para que se haga efectiva ninguna de ellas.

Es preciso cambiar esta situación ya que es en la evaluación de impacto de los principales programas públicos donde radica la posibilidad de transparencia, participación y rendición de cuentas que permitan reformar y ajustar el Estado a las nuevas exigencias. La evaluación se convierte de esta manera en un punto clave de apalancamiento que permite iniciar la ruptura de los círculos viciosos y construir nuevos círculos virtuosos. No hay que perderse con el uso de palabras gastadas, que cada cual interpreta a su manera. La evaluación arroja la información estratégica que faculta la efectiva transparencia, el control ciudadano y la participación real, lo demás son cuentos.

Publicado en La Nación, 2002-05-16.