Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Columnas en prensa

Cultura e instituciones

Fecha
2 de junio de 2002
Publicado en
La Nación
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5 min

Las reformas no se pueden dejar en manos de la cleptocracia local o de burócratas internacionales.

Un grupo de economistas neoliberales norteamericanos y algunos comentaristas latinoamericanos, basados en una lectura no muy profunda de Max Weber, atribuyen a la cultura hispánica, especialmente a la religión católica, las causas del atraso latinoamericano. Esta corriente culturalista ha contribuido, en la práctica, a justificar medidas de shock sobre las economías locales, por parte del Fondo Monetario Internacional, para "ajustarlas" a las nuevas condiciones de economía globalizada. Quiero polemizar, por incompleto y parcial, con ese enfoque que, como el racismo, conduce a la desesperanza.

El culturalismo, como todo enfoque unilateral, deja de lado otros factores que integran la realidad, como los económicos, sociales y políticos concatenados en la práctica social. Es en el todo integrado donde se cultivan las manifestaciones culturales que, como el centralismo, el menosprecio al trabajo y la intolerancia, afectan el camino del progreso regional. Esto se puede apreciar en las variaciones en las condiciones de arranque de países como Costa Rica, Uruguay y algunas regiones, como el sur del Brasil, que se han diferenciado sustancialmente del grueso de América Latina. No pretendo retomar aquí la discusión sobre qué fue primero, si el huevo o la gallina, para restarle importancia a la cultura, sino recuperar el papel de la práctica social como caldo de cultivo de los valores.

Las diferencias contemporáneas entre América Latina y los Estados Unidos tienen su origen en la estructura social e institucional del sistema colonial.

La colonización española debía ser autorizada por el rey. Era él o su representante quien designaba a las autoridades locales. España realizó su conquista en los grandes imperios indígenas americanos, siguiendo el patrón económico y religioso de la reconquista española. Los conquistadores no venían a trabajar la tierra, sino a poner a otros a trabajar para ellos "mientras se cristianizaban". Dentro del sistema de encomiendas se transformó a la población nativa en mano de obra esclava. La riqueza de cada conquistador dependía de la repartición de tierras e indios que hacía el virrey o gobernador. Y su tamaño, que podía variar en cualquier momento, de la lealtad al poder. La obediencia de los siervos y esclavos se garantizaba con el aparato militar, actividad honrosa para los conquistadores. El trabajo era para los esclavos y "deshonraba" a los señores.

"Cristianización". La colonización de Norteamérica, en cambio, fue predominantemente una actividad privada, como en el caso de los peregrinos del Mayflower, disidentes religiosos, que, si bien reconocían al rey inglés como soberano de los nuevos territorios, ejercieron desde el principio el autogobierno local nombrando sus propias autoridades y dictando sus propias normas. La conquista inglesa se desarrolló en un territorio de poca población indígena y difícil de esclavizar. La base económica fue la explotación de la tierra, que había en abundancia, y debía hacerse con el trabajo propio. El autogobierno y la organización vecinal eran una exigencia para enfrentar las amenazas externas y resolver los problemas comunes. En este contexto, favorable al ejercicio de la ciudadanía por el acceso a la propiedad y a la autonomía comunal, florecen en la práctica, las ideas republicanas, un ideal que traían los puritanos.

La práctica colonial norteamericana creó las condiciones de acceso a la propiedad y a los derechos básicos para que se formaran ciudadanos en el respeto al trabajo y la tolerancia.

La práctica colonial española, por el contrario, concentró las tierras en manos de los conquistadores, transformó los nativos en esclavos e instauró la práctica del nombramiento de las autoridades locales, por parte del poder central. De esta forma se eliminaron las condiciones de autonomía imprescindibles para formación de capacidades ciudadanas y empresariales.

Clientelismo. La independencia de España no cambió sustancialmente estas condiciones. La propiedad y el poder continuaron en manos de los descendientes de los conquistadores, que los siguieron utilizando a través del Estado para su beneficio, aunque navegaran con bandera liberal, intervensionista o populista. Los empresarios creativos e innovadores fueron restringidos o asfixiados por las élites del poder. Las grandes masas, carentes de acceso a la propiedad y de derechos efectivos que les permitieran alcanzar el umbral de ciudadanía, permanecieron al margen. De tal forma no se ha podido desarrollar una base social sólida con umbral de ciudadanía. Por eso no se han podido formar repúblicas ciudadanas, con división real de poderes, sino formaciones clientelares donde se imponen los intereses de quienes se enriquecen con el poder y no con su trabajo creativo.

Los cambios en América Latina no se pueden realizar con recetas económicas, como lo pretende el Fondo Monetario Internacional, asumiendo el papel director que tenía antes la Corona española. Para que sean efectivos, los cambios deben trascender el marco económico y considerar la realidad social y política.

Transformaciones. Las privatizaciones y las políticas de apertura –mientras no exista un control ciudadano efectivo– no garantizan mejores productos o servicios ni la generación de mercados más eficientes. Por el contrario, fomentan la corrupción y el monopolio. La reforma del Estado latinoamericano no se puede hacer sin incorporar a la vida ciudadana a los desplazados de siempre. Se requieren reformas institucionales profundas que faciliten este proceso, como el establecimiento de la evaluación de impacto, fundamento de la rendición de cuentas y la transparencia; pero estas solo serán efectivas en la medida en que se produzca, simultáneamente, una generación de masiva de capacidades empresariales y ciudadanas, a través de una nueva práctica que le dé sustento social. En otras palabras, el cambio que conduce al desarrollo se puede alcanzar impulsando las transformaciones estructurales que fomentan la formación de un empresariado creador, al mismo tiempo que una nueva práctica eleve el umbral de ciudadanía. Esto es posible hacerlo con una estrategia que incluya la acción simultánea de un Estado con visión de futuro y de organizaciones populares que traten de liberarse del control clientelar a través de la capacitación en alfabetización organizacional y empresarial. Se pueden utilizar, también, métodos más radicales, como la reforma agraria aplicada por los Estados Unidos en Japón y Corea en la posguerra. Lo que no se puede hacer es dejar las decisiones en manos de la cleptocracia local o de burócratas internacionales que, como en la época de la Colonia, carecen de visión e imaginación sociológica y política.

Publicado en La Nación, 2002-06-02.