La meta posible
- Fecha
- 22 de enero de 1998
- Publicado en
- La Nación
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- 4 min
¿Cambio en Costa Rica? Que va, dicen algunos, somos demasiado conservadores, nos quedamos alhelados, nos falta iniciativa, estamos domesticados. ¿Tienen razón quienes así opinan? Diría, que precisamente por conservadores, o quizás más precisamente tradicionalistas, es que el cambio, esto es, la renovación de nuestro Estado y de las relaciones en nuestra sociedad se hacen cada vez más viables y cercanas. ¿Cómo es eso, no hay una contradicción en esta afirmación? No, la toma progresiva de conciencia de que vamos sin rumbo, en ruta de colisión, hacia una explosión social, es la que está generando las condiciones para el cambio.
El sentido de peligro es el que mueve a buscar alternativas y opciones que canalicen el cambio, den espacio a las iniciativas y rumbo a la sociedad. La sensación de estar frente a un peligro creciente es compartida, cada vez, por sectores más amplios de la población. El estancamiento, la descomposición social, la corrupción creciente y palmaria de los políticos, son vistos como evidencia de una causalidad mayor o como causas generadoras del peligro.
Búsqueda de opciones. No hay consenso en cuanto a las causas. Unos las ubican en la Biblia, otros en la falta de hombres "como los de antes" y algunos, con una visión sistémica, en un agotamiento de la organización del Estado, pero todos tienden a coincidir en que se aproxima un peligro creciente y que hay que ver cómo mitigarlo. Quienes están convencidos de que se aproxima el fin del mundo o algún otro tremendismo inexorable se refugian en los ritos santos o satánicos, pero la mayoría preocupada está con los oídos atentos, no a las promesas de los políticos -que desearía creerlas si no hubiera tantas evidencias sobre su inconsistencia- sino a las nuevas interpretaciones, aunque sean no tradicionales, que perfilen un camino de salida.
Entre los mismos políticos tradicionales se intuye el agotamiento del sistema. No es por casualidad que los partidos mayoritarios coinciden en sus programas en la necesidad de la descentralización y el fortalecimiento de una democracia directa. Es más, durante esta legislatura se había logrado un consenso de los partidos para impulsar reformas electorales significativas, como la elección de medio período de munícipes y diputados, los plebiscitos, etc. Lamentablemente por diferencias secundarias, pero en el fondo por temor a ser desplazados por una oleada de jóvenes dirigentes, estas mociones no fueron votadas. Lo importante es que existe entre el pueblo sensato una búsqueda de alternativas para que la sociedad no siga en ruta de colisión. En estas circunstancias, es deber de los ciudadanos con memoria histórica perfilar una misión compartida que abra espacios a un nuevo Estado.
Un Estado que corresponda a las exigencias: descentralizado, con rendición de cuentas, con la posibilidad de destituir en caso de incumplimiento del programa con el cual fue electo y de legislar también a través de plebiscito. En los treintas nuestro país vivió una crisis parecida. El artículo de Mario Sancho "Costa Rica, Suiza Centroamericana", escrito en 1935, lo describe muy bien. Cambiando nombres y algunas palabras hoy en desuso, podría haber sido escrito hoy mismo. La corrupción florece cuando se ha agotado una etapa, no hay norte y la única consigna es "sálvese el que pueda". La corrupción se reduce al mínimo cuando aparece una meta compartida, como sucedió al final de los cuarentas, que integre el haz de voluntades colectivo.
El cambio ya. Pienso que la meta inmediata que puede canalizar la voluntad de evitar el desastre e iniciar el proceso de construcción de una visión compartida de futuro es la reforma electoral. Hacia esa meta debemos dirigir nuestros esfuerzos en esta campaña electoral. Debemos integrar esfuerzos y voluntades, independientemente de los partidos políticos para exigirle a nuestros candidatos a presidente, pero sobre todo a los candidatos a diputados un compromiso formal y público con las reformas electorales. Si no se comprometen con proyectos de ley concretos, debemos manifestarles nuestro repudio votando nulo y entregando la papeleta manchadas a los miembros de la mesa.
El momento es oportuno para presionar, no solo por ser un momento electoral, sino por la inquietud creciente de los tradicionalistas. Hay que impulsar el cambio ya, pues si no se aprovecha el momento y no se abren los portillos a la democracia directa en la próxima legislatura, entraremos en una etapa peligrosa. Una etapa que podrá exigir integrar y tensar a todas las fuerzas nacionales y mucha suerte para evitar la colisión.
Publicado en La Nación, 1998-01-22.