Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Columnas en prensa

La inteligencia social

Fecha
1 de diciembre de 2005
Publicado en
La Nación
Lectura
4 min

"Aquí todos, y no solo unos cuantos, debemos estar bien para trabajar y crecer en paz", me dijo don Alfredo Rodríguez -un hacendado de Monterrey de San Carlos que en el pasado había sido pequeño campesino- al explicarme las razones por las cuales él y otros vecinos, unos con leche, otros con queso, ropa o útiles, ayudaban a la viuda de un peón y cargada de hijos a salir adelante.

Sin ninguna pretensión ni pose de altruismo fingido, me amplió su opinión: "Esos chiquitos, si estudian, van a convertirse en trabajadores decentes; pero, si pasan hambres y miserias, se volverán animalitos salvajes y vendrán a robarse mis terneros".

Esa visión pragmática del entorno social como elemento condicionante de nuestra propia vida, refleja un interés propio, bien entendido como parte de un todo mayor. No somos entes aislados, sino miembros de una comunidad interdependiente, donde la suerte de uno afecta, de una u otra forma, a los demás.

Contrasta esa visión de un gran empresario, quien fue campesino y trabajador y, por ende, puede "colocarse en los pantalones" de quien tiene necesidades, con la visión individualista de quien ve a la gente como mercancía y opera según el principio egoísta y miope de "sálvese quien pueda" o "ande yo caliente, muérase la gente".

Otro gran empresario. Durante la crisis de la década de 1930, los grandes beneficiadores y exportadores del café intentaron descargar todo el peso de la crisis sobre los productores. Otro gran empresario, que también había sido boyero y campesino: don Julio Sánchez Lépiz, se puso del lado de los productores respaldando sus demandas sobre el pago de las fanegas. A pesar de que este respaldo lo afectaba económicamente, razonó su posición afirmando que de por medio estaban la paz y la estabilidad del país.

En ambos casos, muy propios del proceso de colonización y desarrollo primigenio costarricense, se muestra una inteligencia social, entendida como la capacidad de percibirse como parte de un sistema y de un proceso social, y no como eje del universo alrededor del cual deben girar los demás. Aprendieron a operar en la economía mercantil y transformarse en exitosos empresarios, pero sabían cuáles eran sus límites.

Mercancía, más que parte propia. Es esta sabiduría social la que nos ha permitido, como país, encontrar alternativas incluyentes y llegar a equilibrios en los conflictos del pasado. Sin embargo, parece que algunos de sus descendientes ya no tienen ese talento.

La riqueza ha dejado de ser para ellos producto del esfuerzo y trabajo directo; en algunos casos porque han heredado fortunas sin haber trabajado nunca; en otros, los más, porque ahora es más fácil hacer fortuna a través de los contactos políticos -como empresarios rentistas, utilizando las influencias en el poder y de las "bisagras" legales construidas para su beneficio-, que innovando y trabajando. Esta separación entre propiedad y trabajo ha venido contribuyendo a que, para estos "empresarios", la naturaleza y las personas sean vistas y tratadas como mercancías y no como parte de nuestro propio medio.

Se producen, de esa forma, desequilibrios sociales y ecológicos crecientes, difíciles de percibir desde una visión desagregada de la realidad cuyos crecientes problemas se pretende resolver con programas clientelistas o con caridades navideñas para a los niños pobres, logrando de paso beneficios electorales o una pose de perdonavidas, o sembrando un arbolito en el parque local.

Pero se equivocan de plano quienes así pretenden conducir el país al desarrollo. No solo por razones éticas hay que tener una visión sistémica. La nueva economía de la sociedad del conocimiento globalizada exige equilibrios sociales y ecológicos, requiere de la formación de capital humano y social, solidaridad y cooperación de las pequeñas y medianas empresas. Los encadenamientos activos de esas empresas permiten articular endógenamente "distritos industriales" competitivos en la economía global. Requieren de la competencia, sí, pero con cooperación y sin privilegios para quienes están a la vera del poder.

Debemos recuperar lo mejor de nuestro pasado para apoyarnos en nuestras fortalezas -en este caso, la inteligencia social-, consolidarlas fortaleciendo la comunidad cívica, en vez de cambiarlas por corrientes externas que destrozan nuestro patrimonio histórico y nos están llevando al caos y al estancamiento.

Publicado en La Nación, 2005-12-01.