¿Incentivos fiscales al turismo?
- Fecha
- 29 de junio de 2006
- Publicado en
- La Nación
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A raíz de la crisis fiscal se ha venido hablando de racionalizar el gasto público, acabar con privi-legios y exigir resultados, sanas propuestas que no calzan, sin embargo, con la propuesta paralela de abrir una nueva fuente de "incentivos" a la actividad turística, una de las más boyantes del país.
Nuestro Estado no puede ser, por una parte, nodriza generosa para unos empresarios por la naturaleza de su actividad, y severa institutriz que los despoja de protecciones para otros, en nombre de una supuesta competitividad.
Creo que quienes propician ese tipo de medidas piensan que, por ejercer el poder, no tienen necesidad de mantener la congruencia política ni fundamentar sus propuestas. Conviene, por lo tanto, empezar por ir más allá de los datos de ingreso y empleo de la actividad turística, y analizar el porcentaje del valor agregado nacional: lo que los costarricenses añadimos al flujo internacional que generan las grandes agencias de viajes y turismo, que en gran parte solo pasan por el país.
De acuerdo con los datos facilitados por don Henry Mora, Costa Rica añade un 35% de valor a la actividad turística gracias a la mano de obra y los servicios locales prestados. Este promedio es bastante superior al de la República Dominicana, donde apenas se le incorpora un 20%, a pesar de que ese país tiene una gran trayectoria y experiencia de varias décadas en las grandes explotaciones hoteleras.
Con fundamento. Como no he tenido acceso a datos regionales que indiquen lo contrario, se puede suponer con bastante fundamento que este porcentaje de valor agregado nacional se produce principalmente ahí donde predomina la pequeña y mediana explotación turística, generando encadenamientos de servicios y productos como en San Carlos.
También procede de aquellas empresas acreditadas por el Programa de Certificación de Sostenibilidad Turística del ICT, que exige, entre otras cosas, una relación amistosa con el ambiente y la mano de obra local; pero difícilmente llenan esta meta los megahoteles de playa, como los que hay en República Dominicana, pertenecientes a corporaciones extranjeras que, si bien traen gran cantidad de turistas, dejan pocos salarios y servicios en las regiones costeras.
Una honrosa excepción de gran hotel generador de empleo y riqueza local y que por casualidad no pertenece a ninguna gran corporación trasnacional sino a empresarios que viven aquí, es el Hotel Punta Islita, en Nandayure, Guanacaste.
Esa empresa ha tenido el talento y la visión de invertir en la comunidad e incorporar a las poblaciones vecinas a la actividad turística, creando un clima muy atractivo para los turistas, que se ha convertido en parte de su éxito empresarial.
Quien llegue a Punta Islita se encontrará una iglesia colonial financiada por el hotel, esculturas y pinturas y gran cantidad y calidad de artesanías que profesionales de alto nivel, contratados por el hotel, como Loida Pretiz y otros, han creado directamente y a través de la formación de los pobladores. Las calles del pueblo están adoquinadas, y sus casas y locales, pintados con dibujos y colores destacados.
Progreso local. Se ha formado un conjunto de baile folclórico que, junto con un trío local, alegra las tardes y noches de los huéspedes. En el hotel se vende un disco compacto por $15 para quien desee llevarse los cantos nostálgicos de los atardeceres musicales.
Estimuladas por el hotel, han surgido varias pequeñas empresas que venden paseos a caballo por la serranía y en lancha por el mar, así como un alquiler de vehículos.
Más recientemente, al calor de la actividad, han surgido, en el pueblo, un restaurante alternativo e incluso una cabina para turismo nacional.
Según me dijo el gerente del hotel, ellos estimulan estas actividades, y todas las inversiones que han hecho en la comunidad se han recuperado y han engrosado las ganancias de la empresa.
En otras palabras, el empresario visionario y creativo se mimetiza con su medio y lo incorpora al desarrollo. Necesita, eso sí, inversiones públicas en caminos y seguridad, pero no regalías procedentes de las arcas públicas. Si en algún caso fueran necesarias, no pueden ser para todos, sino para quienes son amistosos con la población y el ambiente. Los que argumentan que no pueden tener éxito sin incentivos o ventajas a costa de los contribuyentes, no son empresarios eficientes, sino rentistas acostumbrados a vivir recostados al poder dentro de un capitalismo con amiguismo.
Publicado en La Nación, 2006-06-29.