Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Columnas en prensa

El milagro de Parmenio

Fecha
27 de julio de 2001
Publicado en
La Nación
Lectura
4 min

El asesinato de Parmenio ha conmocionado al país y ha evidenciado un gran potencial ciudadano y una fuerte capacidad de respuesta. Para algunos se ha producido un milagro en el ambiente nacional pues parece haberse roto el síndrome de la rana hervida. Este síndrome, citado por P. Senge en su libro La quinta disciplina , tiene que ver con las reacciones de la rana frente al agua caliente. Si a este animalito se le pone en una olla a temperatura ambiente y se eleva progresivamente el calor, se sentirá primero muy satisfecho, pero, cuando la temperatura sigue subiendo, aunque quiera, ya no puede salir de la olla y muere hervida. Por el contrario, si se le lanza en una olla con agua hirviendo, la rana logra saltar y salir, aunque se queme un poco.

En un artículo anterior, había dicho que la sociedad costarricense se encontraba en proceso de perder la capacidad de reaccionar frente a hechos cada vez más graves y que podría finalmente morir "hervida" por la corrupción. Lamentablemente el sacrificio de la vida de Parmenio no basta para que este país salga adelante, como no fue suficiente la muerte del tamborcillo Juan Santamaría para ganar la guerra de 1856.

A Dios rogando... No existen milagros en la vida social, se requiere la acción organizada y sistemática, no solo de las autoridades judiciales, sino de la ciudadanía entera, para poder sacar de sus madrigueras a los asesinos y corruptos que están socavando la paz nacional. En otras palabras, los milagros se construyen: "A Dios rogando y con el mazo dando".

Es preciso, antes que nada, reconocer bien la situación que vivimos. Nuestro sistema estatal está agotado y de ahí proviene la mayor parte de los males que nos aquejan. El Estado costarricense carece de mecanismos de control ciudadano sobre el quehacer institucional y de un sistema electoral moderno, como los que tienen las democracias avanzadas; es decir, votamos pero no elegimos. Esta falta de verdaderos controles ciudadanos es disfrazada por la existencia de los llamados "controles a priori" que entorpecen la eficacia institucional y encubren la corrupción pues, como dice la vieja sabiduría, en "arca abierta hasta el justo peca".

En este sentido, no debemos llamarnos a engaño viendo los síntomas inmediatos; el principal punto de apalancamiento para sacar adelante al país tiene sus raíces en un sistema estatal obsoleto, que debe ser profundamente reformado. El Estado no puede seguir siendo utilizado como botín político del equipo gobernante; debe ser, como en las democracias efectivas, devuelto al ciudadano dueño y patrón del país.

Transformaciones estructurales. Para algunos la causa puede estar en los síntomas inmediatos, como la legislación que restringe la libertad de prensa o facilita la impunidad de los "chapulines" de cuello blanco o sucio. Esto son factores que deben ser corregidos; pero, si dejamos por fuera las transformaciones estructurales, solo estaremos desplazando la carga en el tiempo, y el problema regresará con más fuerza, después de un aparente alivio.

Segundo, el desenmascaramiento de los corruptos debe ser facilitado por la ciudadanía. Cada ciudadano, desde su puesto de trabajo, debe convertirse en un fiscal del patrimonio público. Cada vez que se entere de un abuso o robo, debe facilitar la información a la Defensoría de los Habitantes, al Ministerio Público o a los periodistas que investigan este tipo de causas. No es preciso ser detective o abogado para llevar adelante toda una investigación, ni es necesario dar la cara. Basta entregar los indicios sustantivos, incluso anónimamente, en varias de estas fuentes al mismo tiempo, para que quienes tienen la responsabilidad de enfrentar este tipo de delitos cumplan con su tarea.

Por otra parte la prensa debe asumir el compromiso de recoger e investigar cada indicio importante y darle seguimiento. No basta hacer la denuncia una sola vez; cuando esta es grave, es preciso darle seguimiento, como lo hacía Parmenio, para obligar a los corruptos a salir de sus madrigueras.

No podemos permitir que el sacrificio de Parmenio sea en vano. Su muerte ha despertado la conciencia ciudadana, pero no garantiza el castigo de los culpables ni los cambios que el país necesita. Debemos aportar todos nuestro grano de arena, denunciando los abusos y robos que conocemos, pero, sobre todo, exigiendo la reforma que el Estado necesita para que la ciudadanía pueda controlar y destituir, si las circunstancias lo ameritan, a sus dirigentes.

Publicado en La Nación, 2001-07-27.