Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Columnas en prensa

¿El fin de la pobreza?

Fecha
31 de enero de 2007
Publicado en
La Nación
Lectura
4 min

Con ese título, pero sin signos de interrogación, salió publicado un libro –disponible en casi todos los supermercados y librerías– del consejero especial del secretario general de las Naciones Unidas y director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, conocido por sus intervenciones en la economía de Latinoamérica y Europa del Este, profesor Jeffrey Sachs. En ese trabajo se sostiene que es posible eliminar la pobreza extrema del planeta, antes del 2025, si se trabaja con una estrategia que elimine las incoherencias entre los objetivos del Desarrollo del Milenio y los planes de lucha contra la pobreza.

Sachs presenta el panorama actual de ayuda al desarrollo, con una cantidad apabullante de datos, como insuficiente y disperso en múltiples acciones no articuladas ni coordinadas que impiden resultados efectivos y la generación de la masa crítica necesaria para revertir la pobreza. Por ejemplo, la ayuda mundial para el África subsahariana, región de sequías y hambrunas, en el 2002 fue de $30 por persona. De este monto, $5 se fueron en pago de asesores, $3 en ayuda alimentaria, $4 en pago de intereses de la deuda y $5 en reducción de dicha deuda. En total, solo llegaron $12 efectivos para el desarrollo. Desagregando la ayuda de EE. UU. a esa región, fue de solo $3 por persona, de los cuales, una vez hechas las deducciones anteriores, solo llegaron 6 centavos (sic) efectivos a la población meta.

Otro ejemplo, Kenia recibe $100 millones de ayuda externa anual, pero paga al mismo tiempo $600 millones por la deuda, cuando necesita $1.500 millones de inversión anual. Sachs estima que esta inversión es posible con un Plan Marshall como el que se aplicó a Europa Occidental después de la II Guerra Mundial. Entonces se donaban los recursos para reactivar la economía de esos países, de la que dependía en última instancia el bienestar de todos. Dentro de esta lógica, la actual deuda externa de los países en desarrollo debe ser condonada si los Gobiernos se abocan a superar las desigualdades y la pobreza descentralizando e introduciendo tecnología de la comunicación que permita auditorías y evaluaciones efectivas.

Diagnóstico e integración. El autor considera que se puede superar la pobreza del mundo si se actúa respondiendo a un buen diagnóstico e integrando los esfuerzos de donantes y receptores; centrando las inversiones en las personas e infraestructura necesarias para romper el aislamiento. Considera que se deben poner en marcha planes que respondan a las condiciones locales, como lo hizo China en su momento formando médicos “descalzos” y otros técnicos de terreno integrados funcionalmente a las comunidades.

En cuanto al financiamiento, considera que no se requieren nuevos acuerdos formales, basta que los países desarrollados cumplan con su compromiso de otorgar el 0,7% del PIB a la ayuda al desarrollo. Considera que el esfuerzo para superar la pobreza extrema y elevar la seguridad del planeta es cada vez más viable ya que el porcentaje de pobres se ha disminuido en las últimas décadas al mismo tiempo que ha crecido la riqueza de los 22 países del Comité de Ayuda del Desarrollo. Señala que, si bien en 1981 para atender la necesidad de los más pobres se hubiera requerido el 1,6% de la renta de los países del comité de ayuda, hoy con solo el 0,6% es suficiente para poder erradicarla ya que el crecimiento y la concentración de la riqueza lo permiten.

Considera la mala distribución del ingreso mundial como un problema ya que, mientras el 1% de los mayores contribuyentes estadounidenses declara ganancias por $69.000 millones, un promedio de $174 millones por persona, cuatro países africanos como Nigeria, Botswana, Senegal y Uganda tienen un ingreso de apenas $57.000 millones, lo que equivale a $350 por habitante.

Desafío generacional. Jeffrey Sachs finaliza su libro diciendo que esta generación debe aceptar el desafío de superar la pobreza para evitar la desestabilización mundial, pero que esta meta no se logrará sin acciones integrales de la comunidad internacional y presiones de todas las naciones del mundo y los grupos de presión internos. Recomienda ocho pasos para alcanzar las metas de justicia: 1) Comprometerse a acabar la pobreza. 2) Adoptar un plan de acción. 3) Contrarrestar el papel de EE. UU. en el mundo en la medida que siga orientándose por el fundamentalismo religioso, y no por la realidad, y asuma posiciones unilaterales. 4) Recuperar el FMI y el Banco Mundial para el desarrollo global. 5) Reforzar la unidad de las naciones. 6) Utilizar la ciencia global. 7) Promover el desarrollo sostenible. 8) Formular un compromiso personal.

Como se puede apreciar, no se trata de una tarea fácil, dados los intereses de comerciantes interesados en colocar excedentes de granos, de los funcionarios de agencias cuyo modus vivendi depende del actual sistema.

Pienso que, aunque el autor sigue viendo el desarrollo como algo que se gesta desde fuera y no valora la importancia que tiene la autonomía de las fuerzas internas para gestar un desarrollo equilibrado, aporta un buen cúmulo de información sobre el por qué no funciona la multimillonaria ayuda al desarrollo mientras millones de personas languidecen de hambre.

Publicado en La Nación, 2007-01-31.