Política tributaria tuerta
- Fecha
- 6 de mayo de 2006
- Publicado en
- La Nación
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Los tributos son "las prestaciones en dinero que el Estado, en ejercicio de su poder de imperio, exige con el objeto de obtener recursos para el cumplimiento de sus fines" (art. 4.° Código Tributario). Se dividen en tres, según esa misma norma legal y la práctica y la doctrina universal: a) tasas o pagos por servicios prestados; b) impuestos o contribución genérica a fin inespecífico; y c) contribuciones especiales o retribución por la plusvalía generada en el patrimonio particular por las obras públicas.
Mas hay una ceguera inexplicable respecto de la primera y tercera especie del género, y otra, absolutamente parcial respecto de la segunda, siempre, y en especial cuando, en momento de crisis fiscal (y sus consecuencias), surge la necesidad de subir los ingresos del Estado.
Respecto a tasas, se olvida cobrar algunas absolutamente obvias, como cobrar en las universidades públicas a los estudiantes que pueden pagar, muchos de los cuales vienen de colegios privados donde pagaban mucho más. El Estado les aporta ahora a sus universidades unos ¢100.000 millones anuales de los impuestos generales; si se ahorrara la mitad mediante tasas, ahí tendría, en un solo año, el dinero para comprar los pupitres que hacen falta en las escuelas públicas, y para equiparlas adecuadamente en el fututo.
¡Desde 1916! Respecto a contribuciones especiales, la evasión es absolutamente escandalosa, y, en una especie de IMAS al revés, se efectúa el engorde patrimonial gratuito de las propiedades de los grupos mas poderosos, gracias a carreteras, puentes y aeropuertos, que habilitan -valorándolas inmensamente- comarcas enteras de miles de kilómetros cuadrados que, si pagaran el tributo vigente establecido por la respectiva Ley n.° 47 de 1916 (sí, no es un error, desde 1916 existe), financiarían de sobra tales obras, para las cuales se ha pedido demagógicamente y con argumentos mentirosos, un alza general de los usuales impuestos. La cuantificación de esta evasión, lo largo del tiempo (no mucho) puede alcanzar a miles de millones de dólares.
Respecto a impuestos, la visión es también maniquea porque se pasa también de puntillas sobre el tema, como si no existiera, y como con el temor de despertar perros dormidos, sobre el principal ingreso del fisco que son los tributos cobrados en aduanas. Según lo ha anunciado recientemente el Ministerio de Hacienda, tales tributos produjeron el trimestre pasado $263 millones frente a solo $158 millones de renta. Y ello, a pesar de la inmensa evasión existente -fácil de controlar- respecto de aquellos, tal como paso a explicar.
Aunque usted no lo crea, de conformidad con lo que establecen los artículos 58 y 64 y siguientes de la Ley de Aduanas, tales pagos se rigen por el principios de la "autodeterminación", o sea que se acepta lo que el importador diga que viene ahí, y se pagan los impuestos que, de conformidad con eso, resulten. No hay una revisión física por la aduana de la importación para verificarlo, y más bien se disminuyeron drásticamente las plazas necesarias para hacerlo al menos selectivamente. Se alegó para todo eso que se pondría un sistema computadorizado conectado con las ventas finales al consumidor para controlarlo; sin embargo, nunca se puso, ni tampoco se dieron los recursos y máquinas al Órgano de Valoración para hacerlo de manera aproximada a partir de un banco de datos.
IMAS al revés. En otras palabras, que en aduanas se paga lo que al importador le da la gana pagar. Viva la Pepa incluso ahí, si no es que se recurre al sistema generalizado de las mercancías de furgones "en tránsito" que "paren" de manera oculta en el camino y salen vacíos. Este otro IMAS al revés es la fuente de muchas de las fortunas súbitas y del ahondamiento de la brecha social, todo financiado por el fisco. Aun así, el impuesto da esa impresionante cifra, y entendidos calculan que, con sencillas reformas y controles, daría a corto plazo cuando menos un 20% más, o sea más de $ 200 millones extras anuales.
Sin embargo, proveniente de la vanidad herida de algún diputado saliente, y sus consejeros -que quieren imponer al nuevo Gobierno su criterio en buena hora naufragado- se insiste en un proyecto de reforma a la Ley de la Renta, alambicado, complejo, problemático y cuestionable en su efectividad, conveniencia y aplicabilidad, que supuestamente recaudaría $100 millones extras al año.
A priori es inaceptable esa visión maniquea, que cierra los ojos a la escandalosa evasión de los tributos existentes que darían mucho más dinero, así como al no menos escandaloso derroche en todo el sector público, según lo puso de manifiesto el Informe de la Comisión del Gasto Público, presidida por el eminente hacendista don Óscar Barahona Streber, que recibió como premio que la cerraran por decir la verdad.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2006-05-06.