Madurez política
- Fecha
- 11 de junio de 1997
- Publicado en
- La Nación
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Qué grado de madurez política tiene actualmente el electorado de Costa Rica? ¿Corre parejo con las circunstancias de su presente? No cabe duda de que es diestro en cuestiones electorales, porque las ha aprendido en procesos que regularmente se suceden en forma ordenada. Pero ni la democracia ni la excelencia política se reducen a lo electoral.
No cabe duda tampoco de que rechaza la violencia y los enfrentamientos (incluso los saludables), y que prefiere la negociación y el entendimiento, notas que, a mi juicio, son lo más valioso del sentido político que se le atribuye, herencia del buen sentido campesino, formado en la matriz de la sociedad igualitaria y pacífica de las abras de la Colonia. Pero esto no es suficiente porque el ejercicio fructífero de la libertad y del pacificismo requiere de criterio adecuado para escoger entre alternativas. Y porque el criterio es la condición para la buena conducción, y para la formación de las ofertas políticas, que serán buenas o malas, según el entendimiento y los valores predominantes en el electorado. El criterio actúa determinando la conducción y la calidad de las opciones, al igual que la selección natural, cuando favorece unas formas y relega o extingue otras. Dicho en plata blanca, cada país tiene el gobierno que se merece.
El criterio del electorado es por eso fundamental. Sin un electorado que actúe independientemente y no como masa, y con la suficiente capacidad para juzgar, no se logra la madurez política ni se alcanza una democracia que funcione. Si la decisión política no es la resultante de criterios independientes, informados y responsables de los ciudadanos, sino de fenómenos irracionales de masas, se cae inevitablemente en la demagogia que es la corrupción de la democracia. Porque el electorado en posición psicológica de masa o de muchedumbre --y no de electores independientes-- sólo atiende a lo inmediato, y responde a los halagos de los demagogos y no a las voces de la razón. Y sin razón ni responsabilidad, la democracia no funciona. Masa e ignorancia son sus enemigos.
Por aquí está fallando la democracia costarricense. Primero aparecieron síntomas de arrebañamiento, en la forma de pertenencia incondicional a caudillos o a partidos, y ahora, gastada parcialmente esa fórmula, aparecen fórmulas demagógicas que obtienen éxito. Por ejemplo, el presidente Figueres, que con gran sentido de responsabilidad enfrenta el problema de la deuda interna --respaldado por los expresidentes y todas las voces racionales-- cae no obstante aun más en las encuestas; por el contrario, suben quienes proponen lo contrario y señalan el camino del halago inmediato, pero del precipicio. Y es aclamado don José Miguel Corrales, que también propone como programa de gobierno, lo mismo con que don José María condujo el país por rumbos equivocados en su primer año y medio. Incongruencia imposible de entender: por lo mismo se censura a don José María y se aclama a don José Miguel. Y quien propone la disciplina fiscal y monetaria que ordena la Constitución Política, y cuya inobservancia causó la crisis, es tachado de "neoliberal", arma verbal predilecta --y efectiva-- de los demagogos. Y lo que es peor --flaca memoria-- quien como el expresidente Carazo, por predicar la misma demagogia, lanzó el país a la crisis de 1981, de la que aún no se ha repuesto, es de nuevo atendido con sus cantos de sirena.
Tales incongruencias sólo se pueden explicar, por la conversión del electorado en masa, que ruge contra lo que le incomode en el momento. Pero esto, explicable en los estadios, es fatal para las decisiones políticas, que en ocasiones deben sacrificar el presente para evitar un daño mucho mayor en el futuro. Si no que lo diga el Perú de Allan García, o la Venezuela de Carlos Andrés Pérez, o el Ecuador que ahora se lamenta de Bucaram, que libremente eligieron a tales demagogos en borracheras tumultuarias.
Masa no es lo mismo que democracia, al igual que igualdad no significa igualazón, ni libertad, anarquía. Masa, en este sentido, es la reducción del hecho político a fenómenos de muchedumbre, que son manifestaciones patológicas y dominadas por emociones, del hecho social. Masa, material o conjunto de electores, no es lo mismo que masa psicológica, que es la enfermedad que se señala. La conversión de la voluntad colectiva en persecución de espejismos, y en fenómenos de estampida y linchamiento, es la negación de la democracia, porque el poder va a parar a los demagogos, expertos en esta dolencia. La democracia, por el contrario, se sustenta en la realidad y la razón, e implica el ejercicio independiente de la voluntad por el elector, y no su fusión en la masa que lo arrastra.
Estas manifestaciones son muy peligrosas, porque de privar son el fin de la democracia. Ciertamente que los síntomas que señalo también tienen raíces en la frustración popular, y en la pérdida de credibilidad de políticos y de partidos, pero el fenómeno como tal no podría existir sin una base de mentalidad de masa. Porque, en su ausencia, las circunstancias presentes habrían conducido al repudio de los partidos, y a la formación de nuevas fuerzas creíbles, pero racionales. Es la aparición de la irracionalidad, y de la correspondiente demagogia como mecanismo, lo que preocupa.
Esta peligrosa tendencia no se revertirá sin un retorno a la razón, lo que requiere un doloroso encuentro con la verdad, mucha reflexión, información y educación, y el abandono de la manipulación de los electores mediante imágenes, emociones y símbolos. Las causas tienen un efecto estupefaciente que ya está haciendo su efecto, y todo está listo para la última y más peligrosa de las drogas: la demagogia como sistema. Nuestro pueblo, que tanto se envanece de su "madurez política", debe despertar de los sueños de opio con que se le mantiene dormido, porque de otra manera no solo caerá al hueco, sino que quedará a la zaga de Centroamérica, en un momento en que los demás países abandonan precisamente la irracionalidad.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 1997-06-11.