La máquina de la muerte
- Fecha
- 16 de enero de 2007
- Publicado en
- La Nación
- Lectura
- 3 min
En La Nación del 14 de enero. Un remolque cargado de 20 toneladas de arena, más las 20 de la tara o peso propio, 40 toneladas de muerte, conducidas a gran velocidad por un individuo a quien no le importan los demás, se estrella contra vehículos que hacen un alto, y mata a una familia de cuatro personas, aplastada por el bólido de muerte en su vehículo liviano contra un autobús con decenas de personas adentro, varias de las cuales resultan heridas.
Este espectáculo horroroso es a diario, aunque no siempre se produce el accidente. En las más, por las solas reglas de la estadística, la tragedia se evita por un pelo. Porque todo el mundo hace lo que le da la gana en este país, ante la mirada inane de la ley y de las autoridades, que no hacen –cuando deben hacer– todo lo que les da la gana, sin que nadie les pida cuentas. Ahí cuarenta toneladas de muerte conducidas como si fueran la única de un vehículo liviano, y además temerariamente; allá Alterra que casi cuatro años después se sigue burlando de la ley, de la Contraloría y de los intereses del país, con el aeropuerto como rehén, sin que el MOPT cumpla con su deber ; acullá los contaminadores de las fuentes de agua potable que bebe la población, infestándolas impunemente ante la mirada supuestamente estólida, pero en realidad cómplice de quienes deben impedirlo y no lo hacen.
Límite de velocidad. Los conductores de remolques lo ejemplifican todo. En cualquier país civilizado no les dan licencia si no pasan por rigurosas pruebas psicológicas, porque no es a cualquier desequilibrado a quien se le permite conducir cuarenta toneladas de potencial muerte y peligro por las carreteras. Tampoco, si no demuestran capacidad y conciencia de las leyes elementales de la física, que impiden detener a cuarenta toneladas como si fueran una. Además, en todas partes a todos los camiones pesados se les fijan, con grandes números estampados en su propio cuerpo, una velocidad máxima que no pueden sobrepasar en ninguna circunstancia, aún en plano, despejado y sin carga.
Pero aquí no, ni en eso ni en todo lo demás. En lo demás, a gusto y capricho de la autoridad política superior, se puede hacer de todo “por decisión política”, como si los ciudadanos fuésemos objetos disponibles, y, a lo nazi, una raza inferior –y además estúpida porque se la engaña cada cuatro años– y debamos por eso aguantar en todos los campos las consecuencias de esta comedia que ya se acerca a tragedia en casi todo.
Por algo, como lo hizo ver acertadamente el vicepresidente Casas por televisión, una reciente encuesta arroja que en Costa Rica los ciudadanos se sienten diez veces más inseguros, que, por ejemplo, los de los Estados Unidos. Inseguridad que es realmente el sentimiento colectivo ante todos los abusos y delincuencias que se suceden impunemente, a vista y paciencia de autoridades e instituciones, incapaces de hacer valer las reglas elementales de orden y seguridad.
Al igual que en el caso de los desequilibrados que conducen remolques, la máquina de la muerte y de la destrucción se nos tira encima por todas partes.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2007-01-16.