Fanatismo y globalización
- Fecha
- 28 de septiembre de 2001
- Publicado en
- La Nación
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El fanatismo aporta la convicción ciega de que la jihad o "guerra santa" es matar estadounidenses como sea y, si al hacerlo el creyente muere, irá directo al Paraíso. También suministra la modernidad, el conocimiento y los medios políticos, financieros y técnicos para hacerlo eficazmente, aunque sea contradictorio por ser "instrumentos del demonio".
Con suficiente masa crítica, en la forma de Estados delincuentes que lo protegen, y grandes recursos económicos para organizar esas piezas tan siniestramente concebidas, la globalización y el secreto facilitados por las comunicaciones masivas y el laxo sistema financiero mundial, aportan los elementos restantes. Basta entonces que un genio del mal como Osama bin-Laden, inspire y potencie el fanatismo que es el eje central de todo en la forma malévolamente cuidadosa y obsesiva como lo ha hecho, para que resulte una amenaza contra toda la civilización occidental. Porque la guerra bacteriológica y nuclear puede entonces ser privatizada en cualquier momento por estas fuerzas en beneficio de su visión psicópata, debido a la proliferación de estas armas en manos de Estados delincuentes y la peligrosa desintegración del arsenal soviético, aparte de que los conocimientos necesarios cada vez son más públicos.
Controlar el peligro. En la incapacidad de normalizar a todos los habitantes del planeta, esta gran amenaza la mayor a la paz en el siglo que se inicia solo se puede enfrentar con acciones sobre sus elementos controlables. Sobre los Estados que protegen el terrorismo, sus comunicaciones, organización y finanzas globalizadas, al igual que las nuevas drogas que matan el cáncer destruyendo la red de vasos capilares que lo alimentan. El germen puede quedar, porque es imposible eliminarlo totalmente, pero el peligro se controla. Por eso, aunque se mate a bin-Laden y se destruya su organización, no se elimina el problema, que resurgiría con el terrorista que lo sustituya. Hay que destruir todo lo que hace posible el terrorismo.
El problema es político y globalizado, por lo que su solución exitosa también lo sería. No lo puede abarcar un solo país, aun el más poderoso, porque el planeta es superior y le queda grande. Ni la fuerza bruta, aunque sea el palo detrás que infunda el respeto necesario para que los interlocutores actúen cuerdamente. Solo la fuerza al servicio de la sagacidad política y la diplomacia, podría enfrentar a esta fantasmal transnacional del crimen. Porque se requieren nuevos y eficaces instrumentos internacionales contra el terrorismo, que solo el momentum político de esta gran tragedia podría lograr. Pero la rara unanimidad a favor de EE. UU. por su condición de víctima, se rompería si hubiera una sobrerreacción, o si este cae en la trampa de masacrar civiles.
Sabia administración. La fuerza debe administrarse muy sabiamente, no desperdiciarse en un nuevo Viet Nam que repita el Afganistán de los soviéticos. Los ejércitos son para perseguir ejércitos, no fantasmas a los que 24 millones de fanáticos ocultarían en las desoladas mesetas y montañas del Hindu Kush. Por el contrario, para quitar los velos que hacen invisibles a los fantasmas, y así sacarlos de sus madrigueras políticas, financieras y culturales, que van mucho más allá de donde puedan físicamente estar, se requiere una acción política internacional que solo conservando la legitimidad y la razón se puede lograr.
Porque es el terrorismo como método globalizado y no globalizado lo que se debe atacar ahora hasta sus raíces, hasta que pase al museo del bestiario humano. Esta es la gran tarea que enfrenta ahora el presidente Bush. No la de volar plomo a lo loco, guiado solo por la furia. Debe escuchar la sabiduría política de su propio pueblo, de gran equilibrio según las encuestas, y que en general se inclina por lo dicho anteriormente.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 2001-09-28.