¿Designio o azar?
- Fecha
- 20 de diciembre de 1996
- Publicado en
- La Nación
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La evolución de las especies vivientes, o sea, su progresiva transformación, desde las más simples hasta las más complejas, es un hecho probado que no admite discusión. Los seres vivientes comparten mecanismos fundamentales, como la química del carbono y procesos bioquímicos y metabólicos, iguales o similares: el agua como diluyente universal, el código genético basado en el ADN, las proteínas y su síntesis a partir de enzimas, etc. Sobre esa base similar se construye la vida y evolucionan sus formas, usualmente mediante saltos o explosiones súbitas, desde las simples bacterias hasta las formas superiores, y no en la forma gradual esperable según la teoría.
Pero, no es un hecho probado, sino una mera teoría -que cada vez parece más una creencia sin fundamento- que la mutación o variación al azar de los genes y su escogimiento por la selección natural sea el mecanismo único o al menos el más importante para esa evolución.
La teoría neodarwiniana de la evolución propone que el azar, guiado por la necesidad, en las hermosas palabras de Jacques Monod, es el arquitecto ciego del gran edificio de las formas vivientes y del origen mismo de la vida. No hay ningún orden preestablecido, ninguna inteligencia inmanente a la materia o a un Creador, sino la acción ciega del azar y la selección natural que escoge las formas mejor adaptadas, como mecanismo único de formación y evolución de la vida.
Esa hipótesis es sugerente por lo sencilla, totalizadora y naturalista, pero surge por necesidades internas del paradigma de la ciencia del siglo pasado -en que surge la teoría de la evolución- que consideraba al mundo como una máquina ciega, obediente sólo a ciertas leyes fundamentales de orden físico y químico, y no a principios propios de la vida. Su reduccionismo se basa en ese prejuicio y ahí está su debilidad, porque es la comprobación por los hechos, lo que valida el conocimiento científico.
Ese mecanismo de transformación recibe comprobación aparente en adaptaciones menores, como la del pico de los pájaros que observó Darwin en las Galápagos, o la transición del color de las alas de las mariposas en Inglaterra, siguiendo el ennegrecimiento de la revolución industrial. Digo que aparente, porque cabe también, como otros sugieren, que se toman formas previstas en el almacén de información en el ADN, que la acción del medio saca de ahí.
No así respecto de cambios que implican variaciones de estructura o de función. Se alega que esas formas existieron, pero que el registro fósil actualmente conocido es incompleto. Pero eso no contesta la médula del problema, que no es la comprobación de formas de transición, sino la prueba de que la causa de la transición fuera sólo el azar y la necesidad.
La debilidad principal de la teoría del azar consiste en que no es confirmada por el cálculo de probabilidades, que rige la posibilidad matemática de que, por simple azar, se presente u ocurra algo. Porque la vida es sumamente improbable así lo han reconocido todos.
La probabilidad de que un compuesto se forme por azar depende del número de sus componentes. Según lo desarrolla el eminente matemático y astrónomo inglés Sir Fred Hoyle -antecedido en esto por el científico francés Lecomte de Nouy-, una simple bacteria como la E. coli requiere unas dos mil enzimas funcionales (además de las proteínas estructurales). Cada enzima es una proteína formada por una cadena de unos doscientos aminoácidos en un determinado orden. Dado que hay 20 aminoácidos, la probabilidad de que se forme aquella por mero azar se obtiene multiplicando la probabilidad de cada aminoácido, 1 en 20, con la de su posición en la cadena, 1 en 200, lo que da 1 en 20200. En vista de que más de una configuración puede desempeñar la misma función enzimática, Hoyle y Wickramasinghe estiman que la probabilidad de obtener la enzima apropiada es de 1 en 1020. Pero, para duplicar esa bacteria se tienen que ensamblar 2000 enzimas, por lo que la probabilidad de que ocurra por azar es de 1 en 1020 multiplicada por 2000 veces, o sea de 1 en 1040000, un número gigantesco que excede en mucho las posibilidades del tiempo disponible (unos 3 billones de años, o sea apenas tres veces 109).
Y si de la E. coli pasamos al ser humano, compuesto por unas 200.000 proteínas, y si a su probabilidad sumamos la del azar necesario para codificarlas en el ADN, así como la del necesario para que, por la misma vía se formen las instrucciones para armarlas ordenadamente, formando las correspondientes estructuras y funciones, la imposibilidad -ya más que obvia- resulta aplastante. Por eso Hoyle y Wickramasinghe concluyen que hay más probabilidad de que un tornado sople sobre un desarmadero y caiga armado un 747 o de que una legión de monos que llene todo el universo, tecleando en máquinas de escribir durante toda su existencia (quince mil millones de años) reproduzcan por azar una obra de Shakespeare, que se produzca por azar un ser humano en el tiempo biológico de los tres mil millones de años. Descartado el azar, dichos autores concluyen que la vida en la tierra tuvo que venir de otras partes del universo.
La imposibilidad matemática de que por simple azar se hayan formado las complejidades organizadas que constituyen la vida, lleva a buscar otras causas, tales como principios inmanentes de autoorganización que surgen conforme se incrementa el nivel de complejidad.
La reciente obra "The Origins of Order" (Oxford University Press, 1993), del destacado científico Suart A. Kauffman plantea la necesidad de una capacidad de autoorganización creciente, intrínseca a los conjuntos organizados, lo que es otra forma de denominar a una preformación u orden establecido, porque eso es lo que implica. ¿Establecido por sí solo o por alguien? Creo que la idea más racional es la de un Creador, que estableció ese orden, conforme al cual se produce la evolución.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 1996-12-20.