¿Ciencia o superchería?
- Fecha
- 18 de febrero de 1996
- Publicado en
- La Nación
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Falta por analizar el pensamiento pedagogista desde el ángulo académico. ¿Es una ciencia y, como tal, apegado al principio de realidad y sometido a la falseabilidad de sus supuestos si los resultados los desmienten? o ¿no lo es porque no observa tales requisitos determinantes del pensamiento científico y en tal caso, qué es?: ¿un dogma irracional de fanáticos, una superchería para sustentar una estructura de poder, o una verborrea sin ningún sentido? Lo haremos a continuación apegados a los hechos y con base en razonamientos irrefutables.
El pedagogismo instaló sus reales a plenitud en el sistema de pensamiento y funcionamiento de la educación costarricense, a partir del "Plan Nacional de Desarrollo Educativo" de 1973, de excelentes propósitos pero de equivocada concepción en sus medios y filosofía educativa. A partir de ahí el Estado costarricense realizó un gran esfuerzo para implantar ese "Plan", y en 1978 el gasto público en educación primaria y secundaria alcanzó la importante cuota del 3,6 por ciento del producto interno bruto (PIB); porcentaje que cae a partir de la crisis de 1981, y en 1986 era apenas del 2,3 por ciento. La variación dentro de la totalidad del gasto del gobierno central es mayor, y pasa del 20,2 por ciento en 1975 a menos del 12 por ciento en 1986: aunque el país se recupera, y pese a las declaraciones en contrario, la educación se menosprecia y queda víctima de la crisis. Pero obsérvese que ello ocurre a partir de 1981.
Ya en 1978 se empezaban a notar en la formación de los estudiantes, los malos resultados del "Plan", y a aparecer en la prensa las primeras informaciones al respecto. En 1981, luego de ocho años de implantación del "Plan" -hasta ese momento principalmente en la secundaria- y de máximo gasto público al respecto, se produce el importantísimo estudio sobre el mal desarrollo de la inteligencia en los estudiantes de secundaria, de las psicólogas Dra. Zaira Méndez y compañeras. Estudio que, según se dijo en un artículo anterior, reveló el alarmante resultado de que solo el 19 por ciento de los estudiantes costarricenses (contra el 75 por ciento en Europa) alcanzaba el nivel del pensamiento abstracto, y de que, conforme avanzaban en la secundaria los resultados empeoraban. Situación imputable al desorden y a la falta de rigurosidad en los estudios.
Dicho estudio, auspiciado por las más importantes instituciones científicas costarricenses, fue ampliamente conocido, incluso por el público general porque trascendió a la televisión, que entrevistó a sus autoras. No obstante, fue ignorado tanto por el Ministerio de entonces, como por la Facultad de Educación, que volvieron la vista para otro lado, como si no existiera. Pero además ocurrió algo peor, inadmisible en cualquier caso, pero especialmente en conjunción con lo que revelaba el informe de las psicólogas: en 1981 se negocia con los gremios de educadores una reducción drástica de los días de clase a cambio de no ajustar como se debía los salarios de los docentes, hondamente afectados por la crisis cambiaria y fiscal de ese entonces. Tal como aparece en el reportaje de La Nación del día 4 de diciembre, que se basa en datos oficiales ("Agrio final del curso"), la media de días de clase cayó en esos años de 213 en 1979 a 177 en 1981. Luego, tal caída y la reducción del gasto público en educación -constituido principalmente por los salarios de los docentes- no pueden ser causas del estado de cosas que muestra el informe sobre el desarrollo de la inteligencia, ni tampoco sobre el mal aprovechamiento revelado por las pruebas que se mencionan en el párrafo siguiente, porque aún no habían podido producir efecto en los estudiantes examinados.
En los años 1983 y 1984 el Instituto de Investigación y Mejoramiento de la Educación Costarricense (IIMEC), órgano técnico de la Facultad de Educación de la Universidad de Costa Rica, prendió de nuevo las luces rojas de alarma. Pruebas de las diversas materias en todos los colegios indicaban que la nueva enseñanza (léase pedagogismo), producía muy malos resultados. Los alarmantes datos que revelaban un sistema fabricante de ignorancia, provocaron el interés de la prensa y del público en general, y el noticiero televisado de la periodista Pilar Cisneros se ocupó profusamente de ellos. Todos se enteraron y se preocuparon, salvo el señor ministro de entonces, que, al igual que su antecesora cuando se dio a conocer el informe de las psicólogas, volvió la vista para otro lado, y su ministerio, y la Facultad de Educación como tal -que también dejaron de ver lo evidente- continuaron impertérritos en sus planes y programas como si nada hubiera pasado, sin advertir su defecto intrínseco, y sin ordenar la revisión sustancial del sistema, como la más elemental prudencia lo iniciaba.
Haciéndose eco de la preocupación general al respecto (salvo de las autoridades ministeriales y académicas), la Asociación Nacional de Desarrollo Económico (ANFE), convocó en 1984 un "Simposio sobre el modelo educativo costarricense", de la mayor importancia porque expusieron los más calificados intelectuales, profesores universitarios y educadores costarricenses, ajenos al sistema oficial. El estado de cosas que ahí se expone, y que consta en el libro del mismo nombre editado por la ANFE y CINDE, deja pálido a todo lo que yo haya dicho al respecto. Los profesores universitarios juzgan sobre lo que les llega a la universidad, formado en años anteriores, y en lo que aún no había tenido nada que ver la reciente reducción de la jornada y del gasto público.
Las revelaciones del simposio de la ANFE fueron ampliamente conocidas, pero al igual que las autoridades, sistemáticamente ignoradas por las autoridades educativas, del señor ministro para abajo. Y en el caso de la Facultad de Educación de la Universidad de Costa Rica, deliberadamente encubiertas por la mayoría del Consejo de Facultad, que desestimó una moción del Decano y de algunos profesores para analizar lo expuesto en el libro de la ANFE.
En 1986 bajo el gobierno de don Oscar Arias, por primera vez un presidente y su ministro de educación, don Francisco Antonio Pacheco, se ponen a la altura de las circunstancias y les conceden a las indicadas señales de alarma la obvia importancia que merecen. Se inicia un sustancial proceso de rectificación que, no obstante, es boicoteado en todo lo que puede -que es mucho- por el "establishment" pedagogista que rige el resto del sistema, y revertido en la administración siguiente de don Marvin Herrera, ministro de educación de don Rafael Angel Calderón Fournier, que reinstala el pensamiento pedagogista -de harto probada ineficacia- como centro del sistema. Pero además, tal como consta en el citado reportaje de La Nación, reduce aún más la jornada, hasta llevarla a apenas 139 días de clase, y completa el retorno salarial de los docentes a los niveles anteriores a la crisis económica, pero sin exigirles el retorno de los días de clase perdidos, lo que más bien se aumenta.
Ante todo esto la Facultad de Educación de la Universidad de Costa Rica, principal centro del pensamiento pedagógico, guarda un silencio cómplice, y ante las críticas sobre la mala calidad del sistema solo esgrime el estribillo de la reducción del gasto en educación, falso en lo esencial según se explicó.
De manera que ese pensamiento rector pedagogista -dirigente, con la honrosa excepción del actual ministro Ing. Doryan, quien desde su isla de racionalidad y sentido común lucha contra el sistema, y reafirma con sus recientes pruebas, lo que desde 1981 se empezó a demostrar- no puede ser científico. Al contrario, es lo más anticientífico que cabe imaginar, porque niega el principio de realidad que es la médula del pensamiento científico. La noble y elevada ciencia de la Pedagogía ha sido abandonada por el pedagogismo y ese "establishment" que rige los niveles inferiores del ministerio y todos los de la academia. Tal grupo, ignorando que la casa se hunde, como los escolásticos de la Edad Media tardía, pasa sus días en la veneración del dogma y en el refocilo de distinciones y finuras de su palabrería, hueca y ajena a los hechos.
Pero los hunden los resultados que no quieren ver y la opinión pública, de modo cada vez más irresistible, exige ahora que sea la verdadera ciencia de la pedagogía, apegada a los hechos, a la razón y al sentido común, y no el pedagogismo -que es su negación- lo que rija la educación nacional.
Columna de Juan José Sobrado, La Nación, 1996-02-18.