Nubes oscuras en el horizonte mundial
- Fecha
- 27 de diciembre de 2017
- Publicado en
- La Nación
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- 3 min
El cambio tecnológico desplaza cada día más puestos de trabajo basados en la fuerza física y las labores repetitivas. Crece la exclusión social y el deterioro de los tejidos sociales. Las grandes naciones se vuelven Estados sumisos al capital financiero y deterioran las condiciones de vida de los sectores medios. En la periferia, el impacto es tal que algunos se han transformado en Estados fallidos o están en proceso de serlo. Existe malestar creciente en todas partes del planeta y las turbulencias e inestabilidades son cada vez más manifiestas.
El mundo es controlado por un capital financiero ávido de ganancias, que no repara en los costos ecológicos y sociales. La fiebre de consumo, la manipulación mediática y el debilitamiento de la sociedad civil les facilita la tarea.
Para tratar de contrarrestar los efectos desestabilizadores, los gobiernos han procurado programas de asistencia social para mitigar el descontento. Esta transferencia de recursos, si bien ha impedido, en el caso de los países desarrollados, que el hambre y la desesperación generen una explosión, no ha mitigado el descontento que se manifiesta de manera creciente en el comportamiento político.
Solución equivocada. La asistencia económica y social, si bien es indispensable para las personas que por razones diversas han perdido sus capacidades de manera temporal o permanente, no es la respuesta para la mayoría de los excluidos, cuya necesidad son oportunidades y capacitación para participar en la vida comunal y económica. La asistencia, incluso disfrazada de “participación”, genera en ellos pasividad, dependencia, clientelismo y frustración.
El asistencialismo puede mitigar los efectos inmediatos de la pobreza, pero no incorpora a la población a la vida social y económica, y crea bolsones de exclusión en las grandes ciudades. Bolsones donde se incuba la violencia y la delincuencia. Esto es todo lo contrario al necesario capital social que demanda el desarrollo. Se requiere de una sociedad cívica proactiva, con autonomía, que asuma roles crecientes en la vida social y económica.
No se trata, como veremos en un próximo artículo, de organizaciones formales de “base” creadas con el uso indebido de recursos públicos, que no son más que una banda de transmisión de los políticos, que producen el mismo efecto de pasividad y dependencia.
En otras palabras la política social, en su aplicación actual, desempeña un papel paliativo para prevenir explosiones, al mismo tiempo que limita las condiciones para la generación de desarrollo e incuba una bomba social, política y ambiental de tiempo.
Nuevo orden. Para transformar el orden político impuesto por el capital financiero y revertir las dinámicas que nos amenazan, es preciso construir un nuevo ordenamiento cívico y económico. Una tarea de esta naturaleza urge de una sociedad con posibilidades de resolver sus problemas y satisfacer sus necesidades. Esto conlleva profundas transformaciones de las políticas públicas y de las de las organizaciones de la sociedad civil. Transformaciones que deben emerger progresivamente de debajo de la práctica local hacia lo regional y nacional.
La política debe orientarse al empoderamiento de los excluidos como actores activos del proceso de desarrollo. Esta tarea choca con la ideología neoliberal individualista que ha permeado el diseño de proyectos y procedimientos del sistema burocrático institucional, incluyendo las llamadas tecnologías del desarrollo.
Más allá de los discursos “participativos” con que engalanan sus políticas, en la práctica parten del supuesto de que los excluidos son tales por ser los perdedores, o sea, personas con limitaciones de formación y carácter que, para emprender una iniciativa, en el mejor de los casos, requieren ser dirigidos.
De tal forma no se pueden cifrar esperanzas de transformación social en ese tipo de política social institucional ni de las organizaciones “populares” manejadas con recursos públicos como fajas de montaje de las fuerzas políticas.
No obstante, no todo está perdido existen senderos con resultados destacados, a los que nos referiremos más adelante, que marcan un camino de esperanza.
El autor es sociólogo.
Publicado en La Nación, 2017-12-27.