Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Columnas en prensa

La miseria fabricada

Fecha
24 de enero de 2002
Publicado en
La Nación
Lectura
4 min

¿Se puede hacer el mal queriendo o diciendo hacer el bien? Sí, cuando no existe profesionalismo en la aplicación de la política social y no se evalúa su impacto.

La asistencia social, cuando el sistema de seguridad social es débil o no cubre a todos los ciudadanos, es necesaria de forma permanente para atender algunos sectores de la población que, por edad o incapacidad, ya no pueden valerse por sí mismos y están en condiciones de pobreza.

También se requiere asistencia social, aunque solo temporal, para atender a las víctimas de algún desastre natural o colapso económico. La solidaridad social exige la atención de la emergencia, mientras las personas se recuperan y están en condiciones de emprender de nuevo una actividad que les genere sustento propio. Pero toda prolongación de la asistencia, más allá de estos parámetros, se convierte en asistencialismo, una deformación perversa de la asistencia, que no resuelve los problemas de pobreza que se pretende superar o mitigar con recursos públicos y que genera dependencia y discapacitación.

Semilla de otros males. El asistencialismo, que se nutre también de recursos privados de los ciudadanos ingenuos, es también simiente de otros males crecientes en el país. Por una parte, estimula el surgimiento de la pobreza profesional organizada, que va desde el alquiler de niños mendicantes, que medran de las caridades públicas en las calles, o de personas que se inscriben en cuanto programa institucional les facilita una subvención, hasta los medianos y grandes "empresarios", que montan su propias "Fundaciones" carentes de auditoría pública o desvían, con sus influencias políticas, recursos de las arcas públicas, como sucedió, entre otros, con el fondo de compensación social. Por otra parte, el asistencialismo, como es sabido, sirve de plataforma para el clientelismo personal y político. En lo personal genera ilusiones falsas de estar resolviendo el problema de otros, cuando en realidad se les está haciendo un daño moral.

La limosna como respuesta al aprendido y manipulador tono lastimero del "me regala algo" responde a la convicción de que quien la pide es incapaz de valerse por sí mismo, incluso cuando se trata de personas jóvenes y sanas. Para quienes tienen una elaboración ideológica más refinada se convierte en una solidaridad de los "ganadores" con los "perdedores": inútiles redomados que hay que mantener para "cumplir con Dios" y "para que no se vuelvan delincuentes".

Redes de poder político. Sin embargo, el mayor daño que causa el asistencialismo está en su papel como soporte del clientelismo político. Las medidas asistencialistas permiten construir y mantener redes de poder político mediante el reparto de canastas de alimentos y bonos de vivienda, entre otras cosas que se regalan con recursos públicos, no a quienes realmente las necesitan sino a quienes son leales a los jerarcas públicos. Aquí es donde las cosas se tornan trágicas, por cuanto no solo se derrochan los recursos públicos que deberían superar las condiciones de pobreza, en fines ajenos y privados, sino que se afecta gravemente la ciudadanía cívica y el desarrollo republicano.

En nombre de una supuesta ciudadanía social, se utilizan los recursos públicos para subordinar la voluntad de los ciudadanos a los designios de los "patronos" políticos. Se trata de una verdadera aberración ciudadana, donde los recursos públicos son utilizados no para superar la pobreza, que es su objetivo, sino para erosionar y destruir la conciencia ciudadana, para convertir en clientelas dóciles (sic) a los ciudadanos que somos quienes pagamos los impuestos para ser servidos por el aparato del Estado.

Nuevo cáncer social. De tal manera el asistencialismo, aparte de no resolver la pobreza, genera nuevos y peligrosos tipos de miseria que profesionalizan y estructuran la industria de la pobreza, convirtiéndola en nuevo cáncer social, al tiempo que debilitan la conciencia ciudadana e institucionalizan el clientelismo político. Y el clientelismo, como han probado los estudios del profesor de Harvard, R. Putnam, es la antítesis de la conciencia ciudadana y el capital social, requisitos exigidos para el buen funcionamiento institucional y el desarrollo económico.

Por lo tanto, diferenciar la asistencia del asistencialismo y combatirlo con educación, pero también con sanciones cuando se trate del patrimonio público, se convierte en punto medular para reorientar la política social y alcanzar el desarrollo. Solo que esto no podemos esperarlo de quienes medran del clientelismo es una tarea que debemos proponernos como ciudadanía organizada, exigiendo cuentas y ampliando el control ciudadano con una reforma electoral integral que incluya el plebiscito y el referéndum.

Publicado en La Nación, 2002-01-24.