Miguel Sobrado Sociólogo · Político · Fotógrafo

Columnas en prensa

El mercado no se impone

Fecha
4 de noviembre de 2004
Publicado en
La Nación
Lectura
3 min

En el libro El mundo en llamas, Amy Chua –a quien don Julio Corvetti se refirió recientemente desde otra perspectiva en esta página– sostiene la tesis de que existe una contradicción latente entre mercado y democracia. Mientras que el mercado sin restricciones le da ventaja a las minorías con tradiciones mercantiles, el enriquecimiento vertiginoso de estas provoca a su vez una reacción contraria al mercado de las mayorías que votan.

Chua cita el caso de los ibos en Nigeria, los tutsis en Ruanda, los chinos en el sudeste asiático, los libaneses en África occidental y los judíos en la Rusia actual. Todos se han valido del capitalismo con amiguismo –esto es, de políticos que legislan para enriquecer a la minoría– para enriquecerse fácilmente.

Como contraparte, cita las violentas y a veces sangrientas masacres que han realizado las mayorías nativas como respuesta, creando de esta manera una contradicción entre el mercado, tal como se ha venido imponiendo en las últimos lustros, y la existencia de elecciones democráticas.

Proceso. La señora Chua sostiene que la democracia nunca se dio de golpe en los países desarrollados, como se pretende exportar ahora a gran parte del mundo, sino que fue producto de un proceso paulatino en el que, inicialmente, amplios sectores fueron excluidos por no tener propiedades ni educación, o por motivos de raza. Conforme se ampliaron los beneficios sociales y la educación, las mayorías pudieron participar plenamente en las elecciones.

Termina su libro sugiriendo que debe “nivelarse el terreno de juego” abordando las causas del dominio del mercado por parte de ciertos grupos, propiciando el desarrollo de la educación y de las oportunidades para las mayorías históricamente dominadas, como los negros en Sudáfrica, y propiciando reformas institucionales que eliminen el capitalismo con amiguismo.

Chua plantea la necesidad de estrategias para hacer partícipes a las mayorías de los beneficios del mercado, tales como la intervención del Estado en la redistribución de la riqueza mediante programas de recaudación y transferencia; conceder a los pobres derechos formales y legalmente defendibles, legalizando la informalidad; encontrar formas en las que las mayorías dispongan de participación en las empresas; e intervenciones gubernamentales en el mercado, diseñadas para co rregir los desequilibrios étnicos de la riqueza.

Gran hipocresía. Pero la autora no se limita a esas estrategias de compensación; va más allá al afirmar que “Estados Unidos no debería fomentar el capitalismo liberal sin limitaciones (una forma de mercado que el propio Occidente ha repudiado) en el mundo no occidental (...). Tampoco debería fomentar el gobierno mayoritario sin limitaciones de la noche a la mañana (una forma de democracia que Occidente ha repudiado)”.

Chua añade que existe una gran hipocresía en cuanto a la democracia solo como elecciones libres. Señala que China continental, una vez impulsado el desarrollo de mercado, ha empezado a construir una democracia desde abajo, a través de elecciones locales, que se ha ignorado en Occidente. Afirma que Kaplan puede tener razón cuando dice que “Rusia puede estar fracasando en parte por ser una democracia, y China puede estar triunfando en parte porque no lo es”. Aunque este último razonamiento puede estimular oportunismos dictatoriales, es importante el reconocimiento de que el desarrollo va más allá de recetas económicas.

En otras palabras, la profesora Chua –quien participó activamente en el proceso de privatización mexicano– descubre las dimensiones históricas, sociales y culturales de la realidad que los economistas neoliberales llaman “externalidades”. Este reconocimiento, aunque tardío, permite retomar el tema del desarrollo más allá de los dogmas y empezar a trazar nuevos caminos.

Es evidente que el mercado, aunque necesario, no puede imponerse; es un producto histórico que debe construirse, y, en un proceso de globalización, como el que vivimos, el Estado debe estimular su formación. ¿Cómo se hace esto? Primero, dejando los lugares comu-nes que reducen la realidad a lo económico; luego, guiándonos por las mejores prácticas y experiencias históricas; pero ello trasciende los alcances de esta nota y lo veremos en una próxima.

Publicado en La Nación, 2004-11-04.