El fin de una época
- Fecha
- 9 de febrero de 2006
- Publicado en
- La Nación
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América Latina, como continente, vive el agotamiento de su clase política tradicional. Quince años de fórmulas economicistas concentradoras de la riqueza de pocos y la desesperanza de muchos, han provocado su aislamiento y desmoronamiento progresivo. Charlatanes profesionales, como Bucaram en Ecuador, iniciaron la serie de sonoras derrotas, que se han ampliado más recientemente con caudillos retadores como Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia o Huamala en breve en Perú.
En Costa Rica, el desgaste no ha sido menor. Las últimas elecciones fueron ganadas en número total de votos por los abstencionistas, y Liberación Nacional, a pesar del prestigio del Premio Nobel que le sirvió de pulmón artificial, todavía no confirma su triunfo en una pelea en que tenía inmensas ventajas financieras y de espacio mediático frente al PAC. El descontento de la población por la falta de ideas y propuestas de solución durante la campaña, ha sido grande.
Los ciudadanos que han votado por Óscar Arias, lo han hecho con la esperanza de un liderazgo capaz; y los que han votado por Ottón Solís lo han hecho pensando en sus cualidades o como un voto de rechazo a la clase política tradicional, concentrando sus votos en el candidato con mayores posibilidades de derrotarla.
Tendencias históricas. La carencia de un debate sobre las reformas institucionales que requiere el país para descentralizar la gestión pública y que los jerarcas rindan cuentas y puedan ser revoca-dos de sus cargos, como en las democracias avanzadas, fue sustituida por el apoyo o rechazo al TLC, que incorpora cambios institucionales no discutidos.
Este momento no es para ver los hechos cotidianos y confundirnos en los detalles, sino para percibir las tendencias históricas y formular respuestas que abran las puertas del progreso y el bienestar para nuestro país en el nuevo siglo.
La vieja clase ya no puede gobernar como en el pasado, carece de legitimidad política y de un ordenamiento institucional adecuado. Por otra parte, la nueva clase aún no adquiere perfil claro, y el nuevo ordenamiento institucional aun no se ha configurado. Es preciso empezar por reconocer esta realidad para sentar las bases del nuevo gobierno, sea quien sea el que quede de presidente. Las reformas institucionales, parciales y sesgadas, no se pueden pasar de contrabando debajo de las enaguas del TLC. Pretender doblarle el brazo, a lo gamonal, a más de la mitad de la población solo puede llevar a un incremento de la confrontación social.
Con sabiduría. Es preciso tomar nota de lo nuevo y particular de la situación que estamos viviendo para actuar en consecuencia y sabiduría. La vieja forma de ver la realidad ya no funciona y nos conduce a un callejón sin salida.
No se puede avanzar con parches institucionales como el de la reelección sin revisar el sistema total. La reelección, por ejemplo, tan restringida por los abusos históricos en América Latina, no ha resultado peligrosa en las democracias avanzadas donde existe rendición de cuentas de verdad con revocatoria del cargo y un efectivo equilibrio y control entre poderes.
Empecemos por reconocer la nueva realidad dejando de lado los viejos esquemas de imposición.
Empecemos a trabajar la reforma que requiere nuestro país para que su institucionalidad funcione.
Eliminemos los controles que entraban e impiden resultados, evaluemos los resultados de las políticas como lo ordena la Constitución. Establezcamos la revocatoria del cargo, descentralicemos el país y fortalezcamos la gerencia pública con buena información y el control de los representantes de las organizaciones locales sobre los resultados y planes.
Esto no significa que el nuevo gobierno no deba tomar medidas urgentes para poner al país en marcha, sino que debe desalentar al capitalismo de amiguismo y emprender el camino de las reformas: eso sí, con paciencia y con buena letra porque precisa. El otro camino, el de las imposiciones, solo conduciría a agudizar la tensión.
Publicado en La Nación, 2006-02-09.