Bora, la gerencia hace la diferencia
- Fecha
- 29 de enero de 1996
- Publicado en
- La Nación
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En 1990, Bora Milutinovic asumió la conducción técnica de nuestra selección y la llevó, en pocas semanas al ámbito mundial. Después de su partida, el mismo equipo volvió a los rendimientos "históricos" de nuestro medio. Deseo retomar esta experiencia pues tiene, en mi criterio, enseñanzas útiles para enfrentar los múltiples problemas que agobian al país. El deporte, aunque para muchos no pasa de ser un pasatiempo, es también una empresa y como tal debe ser visto si se busca una explicación lógica de sus éxitos y fracasos. Cuando hablo de empresa estoy pensando en una organización capaz de llevar a cabo sus metas. La gestión de un equipo de futbol no se limita desde esta perspectiva a la administración financiera o logística, sino que integra toda la organización incluyendo la acción de su gerencia o dirección técnica y su equipo de jugadores.
La organización técnica del juego de futbol ha evolucionado de manera similar a los procesos productivos o de servicios. Del futbol clásico tipo "manufactura", donde el equipo está en función de la estrella o estrellas a quienes "coloca" la pelota para que metan los goles, que prevalece en el futbol costarricense, hasta formas "industriales" y "posindustriales" de juego. El juego "industrial" o "fordista" realizado por jugadores encargados cada uno de una función especializada, al igual que en una sala de montaje tradicional, lo llevaron a su máxima expresión los alemanes, hasta que fueron desplazados por el juego de los italianos que llamo aquí "posindustrial" o "toyotista", por su semejanza el tipo de organización del trabajo japonés.
Este tipo de juego recurrió de nuevo a las estrellas, pero no para poner el equipo a su servicio, sino para poner las estrellas al servicio del equipo. En este futbol existen especialidades, pero las funciones no son rígidas, sino que todos contribuyen a creer las jugadas de acuerdo con la situación. Así, los delanteros si bien tienen funciones propias no se limitan a colocarse en posición para meter un gol, esperando que le coloquen la pelota al alcance de su pie, sino que mientras corren hacia adelante ayudan a impulsar la pelota y contribuyen así a crear la jugada del gol con el resto del equipo.
Esta tipología, es desde luego cuestionable y limitada, deja para otro momento definir lo que han sido ventajas latinoamericanas como el juego de sinergía perfecta o artístico del equipo de Brasil en los cincuenta, una constelación de estrellas encabezadas por Pelé, y otras experiencias continentales, pero es útil para los propósitos de este artículo.
Cuando Bora asumió la conducción técnica del equipo tomó varias decisiones claves para imprimirle una forma de gestión posindustrial a la selección nacional. En primer lugar sacó al equipo del área de influencia inmediata de los "dirigentes deportivos" llevándoselo a un hotel de montaña y después fuera del país. Esta medida era necesaria para establecer una conducción técnica sistemática y un nuevo tipo de liderazgo gerencial, dirigido a ganarse el corazón, la mente y la participación de jugadores. Libre ya de interferencias, impuso su estilo humilde pero sabio y firme --contrastante con el estilo tradicional "apantallador"-- en la formación y capacitación del equipo para su nueva forma de juego. Empezó por un pequeño detalle, pero significativo en nuestro disperso medio educativo, pidiéndole a uno de los jugadores que mascaba chicle, que no lo hiciera durante los entrenamientos porque se distraía y le hacía perder la concentración a los demás. El entrenamiento de cada uno de los jugadores y el equipo fue paciente y sistemático para introducir su estilo. Los jugadores que, por considerarse estrellas a las que había que servir la bolsa, no pudieron adaptarse a la nueva forma de juego colaborativo fueron separados de la selección, a pesar de gozar en algunos casos de mucha fama en medios deportivos.
Poco a poco, en entrenamientos y juegos de complejidad creciente, la gerencia técnica de Bora fue transformado el equipo de "manufactura", en un equipo "posindustrial" capaz de desenvolverse en las arenas internacionales con grandes éxitos. La naturaleza de esta transformación lamentablemente no fue percibida por los dirigentes deportivos. Su propia práctica laboral que era artesanal o manufacturera y en el mejor de los casos industrial de la "época de las chimeneas", excluía de su experiencia la nueva realidad construida por Bora y los jugadores. Incluso uno de los colaboradores técnicos nacionales más cercanos a Bora, parece no haber entendido la esencia de su forma de gestión. Y, cuando más tarde heredó la conducción de la selección, incorporó de nuevo a los jugadores que Bora había separado por resistirse a su estilo de gestión futbolística. ¿No entendió o cedió a las presiones de la dirigencia? Esto no importa ahora, lo significativo es que se impuso la gerencia "manufacturera" tradicional.
Retomar a Bora en este momento de confusión que vive el país, es oportuno y necesario. Su enseñanza es clara: la gerencia hace la diferencia. No existen ciudadanos o trabajadores de tercera clase sin una gerencia pública o privada de tercera clase. La relación es simbiótica, pero el círculo vicioso puede transformarse en virtuoso si se apalanca sistemáticamente desde los niveles gerenciales.
Publicado en La Nación, 1996-01-29.